Al colgar el teléfono, cambió de dirección de inmediato.
Josefina preguntó: —¿A dónde vamos?
Benjamín respondió: —Ya prepararon el antídoto para Alberto, vamos a verlo ahora mismo.
Al escuchar esto, Josefina apretó levemente los labios y giró la cabeza para mirar por la ventana.
La mansión de la familia Gutiérrez.
Dos autos se detuvieron uno tras otro.
Los guardaespaldas empujaron a Martina fuera del auto. Al ver los lujosos jardines de la propiedad, Martina abrió los ojos de par en par.
—¡No sabía que eran tan ricos!
Miró a Benjamín con evidente emoción y exclamó: —¡Me arrepiento, quinientos mil no son suficientes! ¡Quiero cinco millones!
Benjamín la miró con absoluta frialdad: —Si tu antídoto funciona, te daré lo que pidas. Pero si no sirve, no te mandaré a la cárcel... haré que desees estar muerta.
Una ráfaga de aire gélido parecía envolver al hombre. Sus oscuros ojos la fulminaron con desdén, y un instinto asesino brilló en ellos por un instante.
Martina retrocedió un paso por puro reflejo, aterrada por el aura imponente que emanaba de él.
Encogió los hombros y murmuró: —El antídoto que preparé funciona, estoy segura.
¡Esos cinco millones iban a ser suyos sí o sí!
Entraron juntos a la mansión. Al verlos llegar, el mayordomo ordenó de inmediato que se llevaran a Magdalena Salinas.
Magdalena alcanzó a ver a Josefina, y una chispa de odio brilló en sus ojos.
En ese momento, Alberto estaba durmiendo profundamente en el piso de arriba.
Benjamín se dirigió a Martina: —Dame una parte del antídoto primero, necesito mandarlo a analizar al laboratorio.
Pero Martina negó con la cabeza: —No es necesario, te juro que funciona. Si no fuera así, jamás me habría atrevido a decírselo a tu gente.
—¡Deja de decir estupideces y entrégalo! —le gritó uno de los guardaespaldas.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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