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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 549

—De acuerdo.

Benjamín respondió de forma cortante, se acercó al ascensor y marcó el segundo nivel del sótano. Al salir de las puertas metálicas, caminó directo al salón de tiro. Incluso antes de abrir la puerta, pudo escuchar el estruendo incesante: «¡Bang, bang, bang!».

Ya había pasado más de una hora desde que la dejó en casa. ¿En serio había estado practicando tiro todo este tiempo?

Benjamín la observó desde la entrada. Su esbelta y firme figura se sostenía con impecable postura. Llevaba auriculares de protección y sostenía el arma con ambas manos. Sus ojos claros como el agua estaban fijos en los objetivos móviles frente a ella, irradiando una concentración feroz y certera. En cuanto predecía la trayectoria del blanco, disparaba sin dudar.

¡Bang, bang, bang!

Vació el cargador por completo. Varios de los tiros habían impactado justo en el centro del objetivo.

Al notar la destreza de su esposa, Benjamín comentó: —Has mejorado muchísimo.

Josefina bajó el arma, tomó su botella de agua para dar un trago y preguntó: —¿Cómo sigue Alberto?

Él clavó en ella sus profundos y oscuros ojos y respondió con un tono grave: —Tendrá que quedarse internado unos días para observar cómo evoluciona. Aún no pueden decirnos con exactitud qué tipo de secuelas le quedarán.

Al escuchar eso, a Josefina le temblaron las pestañas. Apretó con fuerza la botella de agua y, tras un instante, inquirió: —¿Qué piensas hacer con Magdalena Salinas?

Esa mujer era la verdadera culpable. Había sido tan desalmada como para envenenar a un niño inocente solo para satisfacer sus ambiciones egoístas. Si la dejaban ir sin ningún castigo, se la estarían dejando demasiado fácil.

Benjamín le aseguró: —No hay prisa. Nos ocuparemos de ella cuando la salud de Alberto esté fuera de peligro.

Josefina asintió y comenzó a caminar hacia la puerta.

Llevaba más de una hora practicando sin descanso, estaba agotada y necesitaba ir a recostarse un rato.

De pronto, sintió un tirón en la muñeca. Bajó la vista y vio que él la había detenido. Deslizó su mirada por el brazo de Benjamín hasta toparse de lleno con la oscuridad hipnótica de sus ojos.

Un silencio rotundo se apoderó del salón de tiro. Los segundos se arrastraban, y la poca esperanza que latía en el pecho de Benjamín se fue desvaneciendo lentamente. Estaba a punto de apartar la vista y rendirse, cuando finalmente ella rompió el hielo.

Josefina se encogió de hombros y dijo: —Como quieras. A fin de cuentas, lo nuestro es solo un trato comercial. Cuando el contrato termine, tú seguirás adelante con él, y yo haré mi propia vida.

Tras dejar esas palabras en el aire, dio media vuelta para salir.

Benjamín levantó el rostro de golpe. Con un par de zancadas rápidas, la alcanzó y la abrazó con fuerza por detrás. Su voz sonó un poco más áspera, cargada de alivio: —Jose, muchas gracias.

Josefina cerró los ojos por un instante y soltó: —Mi condición es la siguiente: en la cama... solo cinco veces al mes.

Benjamín: "..."

Vaya... ese sí que era un sacrificio gigantesco para él.

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