Josefina esbozó una media sonrisa y remató: —¿Tus propios deseos o la salud mental y física de tu sobrino? Dime, Benjamín, ¿qué vas a elegir?
Dicho esto, se zafó de sus brazos con un ligero empujón y abandonó el salón de tiro.
Benjamín sonrió con resignación, negó con la cabeza y fue tras ella.
Más tarde, le ordenó al personal de la casa que prepararan una de las habitaciones de invitados y la convirtieran en un cuarto infantil. Llenaron el lugar con todo tipo de muebles para niños, y compraron ropa y accesorios nuevos.
Cuando Luisa vio todo el movimiento, buscó a Josefina y le preguntó llena de curiosidad: —Señora Josefina, ¿por qué están armando un cuarto de niños de repente? ¿Viene algún pequeño a vivir con nosotros?
—Sí —afirmó ella—. Es el sobrinito de mi esposo. A partir de ahora vivirá aquí con nosotros. Si tienes tiempo libre, por favor trata de jugar con él, el pobrecito ha pasado por cosas muy tristes.
Luisa asintió con entusiasmo. —¡Claro que sí! Me encantan los niños.
La abuela también notó que algo fuera de lo común estaba sucediendo en la casa, por lo que Josefina tuvo que explicarle toda la situación.
Al enterarse, la anciana frunció el ceño con preocupación: —¿Y acaso es hijo de Magdalena León?
Josefina asintió, pero de inmediato hizo una aclaración: —Abuela, ahora se llama Magdalena Salinas. La familia León rompió todos los lazos con ella de forma definitiva.
A pesar de eso, su abuela no pudo evitar preguntar: —Si traes a su hijo a vivir contigo, mi niña... ¿no te dolerá en el alma?
Desde la perspectiva de la anciana, Magdalena Salinas había lastimado a Josefina una y otra vez, había envenenado su relación con sus padres y era la culpable de todas sus desgracias. ¿Cómo iba Josefina a soportar ver al hijo de esa mujer todos los días sin sentir un nudo en el estómago?
—Abuela, Alberto apenas tiene tres años y medio, no tiene idea de nada —le respondió Josefina, tomando las manos tibias y arrugadas de su abuela—. Además, estos días no he dejado de pensar en Diego. Él en verdad fue un buen hombre y siempre me trató con mucho cariño. Al menos por la memoria y el respeto que le tengo a él, debo ayudar a cuidar a su hijo.
La anciana le acarició el cabello suavemente y soltó un largo suspiro de impotencia. —Ay, mi Jose, tienes un corazón de oro.



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