Cristóbal se quedó sin palabras...
La persona que Benjamín envió llegó poco tiempo después. Resultó ser nada menos que Felipe.
Cristóbal sintió que su rostro le resultaba familiar, así que preguntó frunciendo el ceño:
—¿Nos hemos visto en algún lado?
Felipe esbozó una gran sonrisa y respondió:
—Claro que sí, claro que sí. Yo siempre soy el que acompaña a la señorita Josefina.
—¿Y por qué estás recibiendo órdenes de Benjamín? —preguntó Cristóbal, mirándolo con evidente desconfianza—. ¿Josefina está al tanto de esto?
Felipe asintió sin dudar.
—Por supuesto, estoy aquí porque la señorita Josefina estuvo de acuerdo. Pero bueno, basta de charla. Vamos, Cristóbal, muéstrame lo que tienes.
Cristóbal no tuvo más remedio que aceptar el desafío.
Diez minutos después...
Cristóbal estaba tirado boca abajo en el suelo, pálido y sudoroso. Su pierna herida no dejaba de temblar.
Felipe sacó su celular, llamó a Benjamín y reportó la situación:
—No hay manera, jefe. Este muchacho no está ni cerca de recuperarse. Va a necesitar al menos dos semanas más de descanso. Y francamente, incluso cuando se recupere, va a tener que entrenar mucho más. Su base es demasiado débil. Si lo mandamos al extranjero en este estado, lo van a hacer pedazos en cuestión de segundos.
Cristóbal, tirado en el suelo, sentía que su orgullo se hacía trizas.
¿En serio era tan débil?
Felipe se acercó a él y le tendió el celular.
—Benjamín quiere hablar contigo.
Cristóbal tomó el teléfono y murmuró con voz apagada:
—Benjamín... solo quiero traerla de vuelta lo más rápido posible.
—Lo entiendo —respondió Benjamín con un tono inalterablemente sereno—. Pero en tu estado actual, no solo no la vas a rescatar, sino que te vas a convertir en una víctima más.
Cristóbal se giró para quedar boca arriba, mirando el techo con ojos vacíos.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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