Tras un breve momento de silencio, la mirada de Manuel se oscureció.
Al recordar todo lo que Josefina había sufrido últimamente, una idea cruzó por su mente: ¿Sería posible que alguien hubiera utilizado su nombre para lastimarla, y por eso ella estaba tan a la defensiva con él?
Tan pronto como consideró esa posibilidad, su semblante se volvió sombrío.
Si de verdad las cosas habían sido así, ¡esa persona había cavado su propia tumba!
Manuel tomó su celular y marcó un número rápidamente. Dio un par de órdenes precisas, exigiendo a sus hombres que investigaran el asunto y le entregaran resultados lo antes posible.
...
Josefina jamás imaginó que Manuel volvería a buscarla.
Después de colgar, soltó un suspiro de alivio y decidió no darle más vueltas al asunto.
Sin embargo, cuando Luisa regresó, le contó entusiasmada que se había encontrado con Manuel y que habían estado platicando bastante sobre ella.
Al escuchar eso, Josefina frunció el ceño, preocupada.
Con razón Manuel la había llamado; todo fue porque se cruzó con Luisa.
Miró a la chica y le dijo con un tono muy serio:
—De ahora en adelante, trata de no relacionarte con él.
Luisa parpadeó, confundida.
—¿Por qué?
—No es tan inofensivo como aparenta —explicó Josefina—. Nosotras solo somos personas comunes. Si él realmente quisiera hacernos daño, no tendrías a quién acudir para pedir ayuda. Así que, por favor, hazme caso.
Luisa se sintió dividida. Recordó que Manuel había mandado gente a salvarla antes, pero su lealtad y cariño hacia Josefina eran mucho más fuertes. Tras dudar un segundo, asintió con firmeza.
—Está bien, Josefina. Te haré caso.
Josefina esbozó una cálida sonrisa y luego preguntó:
—¿Cómo es que regresaste tan pronto? Pensé que te quedarías a dormir en tu casa.
—Mi mamá tiene a una señora que la cuida, así que no hay mucho que yo deba hacer allá. Preferí regresar para hacerle compañía a la abuela y ayudar a que esté más contenta —respondió Luisa.
El corazón de Josefina se ablandó de gratitud.
—Muchas gracias.
Luisa negó con la cabeza enérgicamente.
Luisa asintió y, de repente, recordó algo.
—Por cierto, antes la abuela me estuvo pidiendo prestado mi celular. Le pregunté a quién quería llamar, pero no me quiso decir. Josefina, ¿tienes idea de con quién quiere hablar la abuela?
Al escuchar eso, los dedos de Josefina se tensaron levemente.
¿A quién más iba a querer llamar la abuela?
¡En su corazón, siempre extrañaría a su hija!
Pero fue precisamente su propia hija quien la envenenó y la dejó en ese estado.
Su abuela...
Un nudo de tristeza se formó en la garganta de Josefina, y por un momento no supo qué responder.
Después de una larga pausa, dijo en voz baja:
—La próxima vez que la abuela te pida el celular, dáselo.
Aunque Luisa no entendía el contexto, asintió obedientemente.
—De acuerdo.

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