Para Josefina fue evidente la impotencia en su tono de voz; su propia actitud cautelosa y distante lo había lastimado.
Pero dadas las circunstancias actuales, no tenía más remedio que andar con mucho cuidado.
Incluso Emiliano, a quien conocía desde hacía tantos años, había intentado matarla. Ahora mismo, le resultaba verdaderamente difícil confiar en alguien más.
—De acuerdo, lo haré. Ya es muy tarde, voy a descansar. Buenas noches.
Josefina le dedicó una pequeña sonrisa a Manuel y, acto seguido, se dio la vuelta para entrar a la Residencial Valle Niebla.
Manuel siguió su figura con la mirada, y un destello de profunda melancolía atravesó sus ojos detrás de los cristales de sus lentes.
Apretó con fuerza la tarjeta de presentación que llevaba en la mano.
Una suave brisa sopló, y su silueta pareció envolverse en un aura de soledad y desamparo.
...
Josefina llegó a la habitación de Luisa.
Ella ya se había tomado un buen plato de sopa caliente y su rostro no lucía tan pálido. En ese momento, estaba sentada en la cama, abrazando sus rodillas, aún con una expresión de terror puro.
—Josefina.
Al verla entrar, Luisa sorbió por la nariz y sus ojos volvieron a enrojecerse.
Josefina se sentó a su lado y le preguntó con voz suave: —¿Qué fue lo que pasó?
Al escucharla, Luisa se mordió el labio con angustia, luciendo avergonzada, como si le costara mucho hablar del tema.
Viendo esto, Josefina no la presionó. Si quería contarlo, la escucharía; si no, lo dejaría pasar.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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