Josefina asintió. —Vamos a cenar primero, y en un rato la llamo para ver qué pasó.
La anciana no insistió más.
Después de la cena, una empleada ayudó a la anciana a dar un pequeño paseo por el jardín para hacer la digestión, mientras Josefina marcaba el número de Luisa en su celular.
"Tuuu... tuuu... tuuu..."
Sonaron tres tonos de espera, pero nadie respondía.
Josefina frunció sus perfectas cejas, y en su hermoso rostro apareció un gesto de preocupación.
¿Por qué no contestaba?
Justo cuando la llamada estaba a punto de cortarse, alguien atendió.
—¿Bueno? ¿Quién habla?
Una voz masculina y bastante impaciente sonó desde el otro lado de la línea.
—¡Mmm... mmm...!
De fondo se escuchaban sollozos ahogados, muy difusos pero inconfundibles. Era Luisa, y el ambiente sonaba caótico.
Josefina se puso de pie de inmediato, con el rostro serio y frío. —¿Quién eres tú? ¿Dónde está Luisa?
—Primero dime tú, ¿qué eres de ella? —respondió el hombre, con un tono descarado y burlón.
Josefina no se molestó en intercambiar más palabras y colgó al instante.
Inmediatamente llamó a Felipe y le ordenó que rastreara la ubicación del celular de Luisa.
Volvió a sentarse, esperando en total silencio.
El tiempo pasaba lentamente. Había transcurrido media hora cuando su celular volvió a sonar. Miró la pantalla pensando que era Felipe, pero, para su sorpresa, el nombre que aparecía era el de Luisa.
—¿Bueno?
Josefina contestó, adoptando una actitud cautelosa.
—Josefina... soy yo... —Se escuchó la voz de Luisa, todavía temblorosa y entre sollozos.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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