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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 599

No fue hasta que él se paró frente a ella que Josefina volvió a percibir el mundo real.

El bullicio de la gente, la música del mercado y, sobre todo, el tono ligeramente confundido de su voz: —¿Qué miras?

Josefina levantó la mano y le dio un puñetazo en el pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas en un instante. —¡¿En dónde te metiste?!

Benjamín, tomado por sorpresa, se llevó una mano al pecho y miró a Felipe. —¿No se lo dijiste?

Felipe: —¡¡!!

¡Oiga, jefe!

¡¿Así es como se hacen las cosas?!

¿No fue usted el que decidió desaparecer de la nada para probar cómo reaccionaría ella?

¿Y ahora me echa la culpa a mí?

Felipe se señaló a sí mismo. —Yo...

Abrió los ojos de par en par, listo para defenderse, pero al cruzarse con la mirada oscura y afilada de Benjamín, ¡se tragó las palabras!

¡Maldito calculador!

¡Lo estaba amenazando!

Si se atrevía a contarle toda la verdad a Josefina, estaba seguro de que lo despedirían de inmediato. No solo eso, sino que ese zorro astuto de Benjamín se encargaría de quemarlo en toda la industria.

¿Cómo iba a conseguir trabajo después de eso?

¡Felipe estaba furioso!

Pero al encontrarse con la mirada de Josefina, no le quedó más remedio que inventar una estupidez: —Este... sí, de eso era de lo que le hablaba hace un momento. Solo quería saber si de verdad... si de verdad piensa divorciarse de él...

Vaya excusa más patética...

El rostro de Josefina se congeló por completo. Preguntó con voz helada: —¿Les parece muy divertido?

Felipe se acobardó al instante y bajó la cabeza. —Señorita Josefina, lo siento.

Pero Josefina no lo perdonó. —Eres mi guardaespaldas. Deberías ponerme en primer lugar en lugar de jugar con fuego en pruebas estúpidas. Además, si me divorcio o no, es algo que no te incumbe.

El pánico y la desesperación al descubrir que había desaparecido, el alivio al verlo regresar sano y salvo...

¿Qué demonios estaba haciendo?

¿En qué estaba pensando?

¿Acaso no había aprendido la lección?

¿Quería volver a tropezar con la misma piedra?

Esa mezcla de furia e impotencia terminó por desbordarla, y sintió que los ojos le escocían horriblemente.

De repente, alguien la tomó de la muñeca. Sin pensarlo dos veces, se giró y le cruzó la cara de una bofetada.

—¡Benjamín, eres un maldito desgraciado!

El sonido seco del golpe resonó por encima del alboroto del mercado. Los transeúntes se detuvieron a mirarlos con sorpresa.

Benjamín no le soltó la muñeca en ningún momento. Solo la miró y murmuró a modo de disculpa: —Perdóname, fue mi culpa. No debí hacer eso. Jose, simplemente me resisto a aceptar que ya no te importo... Tenía que comprobarlo.

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