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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 600

Josefina se soltó de un tirón. Con los ojos enrojecidos, le replicó: —Nada de esto tiene sentido, Benjamín. Solo acepté un trato contigo; cada quien obtiene lo que necesita. No me exijas más. Por más que hagas, es imposible que volvamos a ser los de antes.

Giró la cabeza y siguió caminando a paso apresurado.

En el instante en que le dio la espalda, las lágrimas comenzaron a brotar.

Benjamín sintió las manos vacías y, con ellas, también el corazón.

Esta vez no dijo nada. Solo caminó tras ella en silencio.

Al llegar de regreso a la hacienda, ella abrió la puerta de su habitación, se giró y lo miró fijamente. —Tus oportunidades de este mes ya se agotaron, así que no vamos a dormir juntos. Ve y pide otra habitación.

Sin darle tiempo a reaccionar, le cerró la puerta en las narices.

Benjamín: "..."

Su actitud era tajante, realmente veía lo suyo como una simple transacción.

Pero ni siquiera estaban divorciados.

Aún eran marido y mujer.

Benjamín jamás consideró que lo suyo fuera un trato comercial.

Todo lo que hacía era lo que debía hacer un esposo, un hombre que amaba profundamente a su mujer.

En cuanto a eso de sus encuentros contados cada mes, no había sido más que una excusa barata que él mismo inventó para que ella aceptara su ayuda sin remordimientos.

Si él no hubiera fingido que quería algo a cambio, ella jamás habría cedido.

Benjamín se quedó mirando la puerta de madera. Luego se dio la vuelta, se apoyó contra la pared y echó la cabeza hacia atrás. Unos segundos después, un ataque de tos lo sacudió por completo y escupió un chorro de sangre.

Se llevó la mano al pecho, sintiendo punzadas de dolor agudo que no cesaban.

—Entonces protégela desde las sombras —dijo Benjamín—. Ella no es irracional. Tarde o temprano lo entenderá.

Felipe asintió. —Entendido.

Se dedicó a limpiarle la herida, aplicarle la medicina y ponerle vendas nuevas.

Curiosamente, esta pelea con Josefina le venía bien a Benjamín para poder descansar y recuperarse sin tener que disimular.

Sin embargo, ya no podían quedarse más tiempo allí.

Los hombres de Ariadna los habían rastreado mucho más rápido de lo que él calculaba.

Una frialdad letal brilló en los oscuros ojos de Benjamín. Miró a Felipe y le ordenó: —Prepara todo. Nos vamos de Altos del Rosario mañana por la tarde.

Felipe asintió. —De acuerdo.

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