Pero, ocurrió lo peor.
Benjamín empezó a tener fiebre a las tres de la mañana. Ardía en calentura y su estado general era bastante preocupante.
El guardaespaldas notó que algo andaba mal y lo llamó de inmediato para preguntar por su situación: —Director Gutiérrez, necesita ir al hospital. Lo llevaré ahora mismo.
Benjamín frunció su apuesto ceño y, con voz ronca, respondió: —No hace falta.
El guardaespaldas seguía muy preocupado: —Pero si sigue aguantando así, la situación se va a complicar.
El tono de Benjamín se volvió más severo: —Dije que no es necesario, y no quiero que ninguno de ustedes diga una palabra más sobre esto.
El guardaespaldas guardó silencio y acató la orden: —... Sí, señor.
Al día siguiente.
Josefina salió de su habitación. Ya se sentía mejor anímicamente y planeaba ir a enviar los pequeños recuerdos que había comprado hacia Santa Aurelia. Apenas cruzó la puerta, se encontró con Benjamín saliendo de la habitación de al lado.
—Cof, cof.
El hermoso rostro del hombre lucía pálido. Se tapó la boca para toser un par de veces y luego la miró: —¿Dormiste bien anoche?
Josefina frunció el ceño al notar su palidez: —¿Qué te pasa?
Los oscuros ojos de Benjamín se iluminaron y las comisuras de sus labios se curvaron en una leve sonrisa: —¿Estás preocupada por mí? Me siento muy mal, creo que tengo fiebre. ¿Quieres tocar mi frente para comprobarlo?
Mientras hablaba, se acercó a ella con la intención de tomar su mano.
Pero Josefina lo esquivó y le respondió con total frialdad: —Si estás buscando tu propia muerte, ¿qué tiene que ver conmigo?
Dicho eso, caminó hacia la salida.
Benjamín se puso aún más pálido y una sonrisa burlona asomó en sus labios: —Pero... de verdad me siento muy mal, Jose. No te estoy mintiendo.
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Comentarios
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