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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 636

Pero cuando vio que la persona parada en la puerta era Federico, abrió los ojos de par en par, incapaz de creerlo.

¡Era él!

¡Había regresado!

Silvia se puso de pie de un salto. Su postura se volvió sumamente rígida e incluso esbozó una sonrisa nerviosa para intentar complacerlo.

—Ya... ya regresaste.

Federico observó su actitud alterada. ¿Qué diferencia había entre eso y confesar su culpa?

Caminó hacia ella paso a paso. Sus ojos azules, profundos como el océano, se clavaron en ella sin parpadear.

—Mi amor, te extrañé muchísimo estos días que estuve de viaje, ¿tú me extrañaste?

Silvia lo miró con una sonrisa forzada.

—Creo que... lo correcto sería no extrañarte, ¿verdad?

—Pero yo sí te extrañé, te extrañé de verdad —murmuró Federico. Se detuvo frente a ella y extendió la mano para acariciarle el cabello, bajando lentamente hasta acariciar su mejilla con suavidad—.

Cada vez que dejo de trabajar, pienso en ti. No puedo evitar preguntarme qué estás haciendo, si comiste bien, si dormiste como debes, si te sientes sola... si me extrañas...

Su voz se volvía cada vez más grave, susurrando como un amante en la intimidad.

Su mano bajó de su mejilla hasta su cuello.

—Por eso no me pude contener y pedí que me informaran con lujo de detalles todo lo que has hecho.

Su mano se cerró alrededor de su cuello. Ella estaba aterrorizada, con el cuerpo completamente tenso. En el instante en que él la agarró, Federico sintió cómo a ella se le cortaba la respiración por un segundo.

Al segundo siguiente, comenzó a asfixiarla.

Sus ojos azules la miraban llenos de dolor y furia.

—¡¿Pero qué demonios estabas haciendo?! ¡¿Por qué tiraste las botellas de vino?! ¡¿Acaso esperabas que alguien viniera a rescatarte?! Mi amor, mi hermosa preciosa, ¿qué tiene de malo quedarte a mi lado? Prometí tratarte bien toda la vida, ¡¿por qué siempre estás pensando en huir?!

Federico la interrogaba casi al borde de la locura, aumentando la presión de sus dedos a cada segundo.

Silvia estaba paralizada por la ira salvaje y sombría que emanaba de él. No se atrevía a mover un músculo. Al escuchar sus gritos furiosos, comenzó a temblar de pies a cabeza.

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