—¿Acaso Cristóbal no es tu amigo? Crecieron juntos, ya deben tenerse confianza de sobra.
La fría voz electrónica dejó clara la postura de Josefina: de ninguna manera iba a bañarlo ella misma.
Benjamín se giró hacia ella, manteniendo un tono igual de terco:
—Tenerse confianza no es lo mismo que tocarse. Jose, tú sabes perfectamente que yo no toco a nadie más, y nadie más tiene derecho a tocarme.
—Entonces báñate tú solo.
Josefina no dio su brazo a torcer y guardó el celular en su bolsillo.
Benjamín escuchó el clic de la pantalla bloqueándose. Apretó sus finos labios y, tras una pausa, preguntó:
—¿Al menos podrías llevarme hasta el baño?
Al escuchar esto, Josefina frunció el ceño.
Se quedó mirando el rostro de Benjamín, sintiendo una profunda resignación. Sabía que, cuando a él se le metía una idea en la cabeza, nadie podía hacerlo cambiar de opinión.
Se puso de pie, lo tomó del brazo para ayudarlo a bajar de la cama y lo guió hacia el baño.
Una vez allí, lo detuvo y lo hizo pararse a un lado. Sacó de nuevo su celular y escribió:
—Desvístete. Si llego a ver alguna otra "reacción" en ti, se cancela el baño.
Benjamín enarcó ligeramente una ceja y asintió con lentitud.
Comenzó a quitarse la ropa con parsimonia, mientras Josefina abría la llave de la ducha para ajustar la temperatura del agua.
Cuando terminó de ajustar la temperatura del agua, se dio la vuelta y lo encontró completamente desnudo, de pie con una actitud de total naturalidad.
Las pestañas de Josefina temblaron levemente, y su mirada recorrió el cuerpo de él por puro instinto.
Primero se fijó en la herida de su pecho; aún no sanaba del todo y no podía mojarse. Luego notó las diversas cicatrices, grandes y pequeñas, esparcidas por su piel.
Recordaba claramente que, en el pasado, su cuerpo no tenía tantas marcas.
Todas esas cicatrices habían aparecido este último año.
Y todas ellas estaban ahí por su culpa.
El corazón de Josefina se encogió de golpe, como si una mano invisible se lo estrujara con fuerza. La opresión en su pecho casi le impedía respirar.
Tomó una bocanada de aire, se acercó a él, le agarró la mano y escribió en su palma: *Iré a pedirle unos parches impermeables a la enfermera. Tus heridas no pueden mojarse.*


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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