El rostro de Benjamín se ensombreció de inmediato.
—¿De qué te asustas tanto?
Lorena, sin embargo, adoptó una expresión muy seria:
—Es que si ya están hablando de divorcio, tuvo que haber pasado algo gravísimo. Jose es un pan de Dios y es hermosísima. Para mí que le hiciste algo imperdonable, por eso quiere dejarte.
Mientras hablaba, frunció el ceño con sospecha:
—¿Le pusiste los cuernos?
—No —respondió Benjamín rápidamente—. No digas tonterías.
Tras una breve pausa, le lanzó una advertencia:
—Mejor cállate.
Había sido un milagro lograr esa pequeña tregua con Josefina. Si Lorena seguía escarbando y hacía que ella recordara todo el dolor y las heridas del pasado, la situación se volvería aún más difícil de manejar. ¿Qué haría él entonces?
Lorena torció la boca y soltó un bufido frío:
—Respondes demasiado rápido. Seguro hiciste algo malo. Tenía razón mi abuela: los hombres no sirven para nada.
Dicho esto, ignoró por completo a Benjamín y se concentró en aplicar las agujas en el cuerpo de Josefina.
Durante toda la conversación, Josefina se mantuvo con los ojos cerrados, sin intervenir en absoluto.
Dadas las circunstancias, no podía permitirse vivir en el pasado ni hacerse ilusiones con el futuro. Su única opción era enfocarse en sobrevivir al presente.
Al finalizar la sesión, Lorena se dirigió a Benjamín con un tono brusco y cortante:
—Te arderán un poco los ojos, así que aguántate.
Pero al girarse hacia Josefina, su voz se volvió dulce y rebosante de calidez:
—Jose, si todo sale bien, mañana en la mañana volverás a vomitar sangre oscura. No te asustes, es parte de la desintoxicación.
Josefina asintió y la abrazó con fuerza para demostrarle su gratitud.
—¿No prefieres regresar a tu cuarto? Siento que todo el mundo necesita su propio espacio —le sugirió Lorena, preocupada por ella.
—Ya te puedes ir.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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