Josefina se quedó sin palabras.
¿Acaso algún espíritu maligno se había apoderado de su cuerpo?
De lo contrario, ¿cómo era posible que se hubiera vuelto así?
Tomó aire profundamente y luego sacó su celular para escribir. La fría voz electrónica femenina se dejó oír:
—Lo que quiero decir es que si necesitas algo, pidas ayuda. No puedes hacerlo solo, ¿qué pasará si te lastimas de nuevo?
Benjamín dio un paso hacia ella.
—¿Te preocupa que me lastime?
Josefina sintió que él se estaba enfocando en lo que no era.
Intentó seguir escribiendo, pero él se acercó y le agarró la mano directamente, impidiéndole teclear.
Se acercó aún más.
—Así que todavía me tienes en tu corazón.
Josefina seguía sin poder creerlo.
Definitivamente, él estaba gravemente enfermo.
Los dedos de Benjamín acariciaron la mano de ella. Al sentir su respiración tan cerca, pasó saliva.
Se encontraban en la familiar habitación principal, el lugar donde habían convivido durante cuatro años. Cada rincón estaba impregnado con la esencia de su romance y su amor.
La respiración de Benjamín se volvió un poco más agitada.
¡Toc, toc!
Justo cuando el ambiente comenzaba a tornarse sugerente, alguien llamó a la puerta.
—¿Quién es?
Benjamín giró levemente la cabeza; su voz ya sonaba más grave.
La alegre voz de Lorena llegó desde el otro lado:
—¡Soy yo, soy yo! ¡Es la hora de su tratamiento de medicina natural! ¿Les viene bien ahora?
El tono de la muchacha ocultaba una pisca de burla; era evidente que había elegido el momento a propósito para llamar a la puerta.
Una vena palpitó en la sien de Benjamín. Él podía sentir la clara antipatía que Lorena le tenía.
Si no fuera por Josefina, ella quizás ni siquiera lo estaría tratando.
De repente, él se inclinó hacia ella y, con firmeza, besó los labios de Josefina.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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