Tomó el secador de pelo y empezó a secarle el cabello. Bajo el zumbido de la máquina, él repentinamente extendió los brazos y le rodeó la cintura.
Josefina se tensó por un segundo, pero no lo apartó y continuó secándole el pelo.
Al tener el cabello corto, no tardó en secarse. Apagó el aparato y, al notar que él no tenía intenciones de soltarla, le dio un suave empujón.
Benjamín habló con voz grave.
—Mañana iré al cementerio.
Josefina parpadeó un par de veces y, con su dedo, trazó un signo de interrogación sobre el hombro del hombre.
¿Para qué ir al cementerio?
—A pedirle perdón a mi hermano Diego.
La voz de Benjamín sonaba aún más ronca que antes.
El corazón de Josefina dio un vuelco. Tardó un buen rato en responder con un suave sonido de afirmación.
Se metieron en la cama, pero el ambiente estaba lejos de ser romántico. En medio de la oscuridad y el silencio absoluto, ninguno de los dos lograba conciliar el sueño.
Josefina dio vueltas en la cama durante toda la noche, y sabía perfectamente que él tampoco había pegado ojo.
Al día siguiente, Benjamín le comentó su decisión a Teresa.
Ella se quedó pasmada por un momento antes de asentir.
—Está bien, te acompañaré.
Luego, se giró hacia Josefina.
—Por favor, te encargo mucho a Albertito.
Antes de que Josefina pudiera asentir, el niño alzó la voz entusiasmado.
—¡Yo cuidaré de la tía Josefina!
Teresa esbozó una sonrisa y le acarició la cabeza.
—Nuestro pequeño Alberto es un campeón.
—Vayan tranquilos a resolver sus asuntos, yo me encargaré de cuidarlos a ambos —intervino Lori.
—Lorena, muchas gracias por las molestias —le agradeció Teresa con sinceridad.
Lori sonrió con calidez.
—Considero a Josefina una amiga; cuidar de los amigos es lo mínimo que puedo hacer.

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Comentarios
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