Manu arqueó una ceja.
—¿Oh? ¿Vas a invitarme a comer?
Josefina se quedó sin palabras.
Parpadeó, completamente confundida. ¿Acaso ella había insinuado eso?
Manu, con una sonrisa en el rostro, añadió:
—Trato hecho. Esperaré esa invitación a comer, y por esta vez, no publicaré nada en Instagram.
Josefina no supo qué responder.
Se quedó sentada en la silla con expresión aturdida, mientras Manu, luciendo sumamente relajado, tomaba un sorbo de su café.
Estaba bien.
Ya lo había dicho, ¿cómo iba a retractarse ahora?
Si lo hacía, parecería demasiado fría e insensible.
Así que, en silencio, levantó su propia taza y bebió.
La ligera nevada había cesado en algún momento. La fina capa blanca que cubría el suelo desapareció rápidamente sin dejar rastro.
Ese pequeño rastro de tristeza en el corazón de Josefina también pareció derretirse poco a poco, al igual que los copos de nieve.
Su interior volvió a encontrar la calma.
De pronto, el tono de llamada de su celular interrumpió la tranquilidad.
Al revisar la pantalla, vio que era Benjamín. De inmediato, frunció el ceño con fastidio.
Desde que ella había perdido la voz, él nunca la había llamado; si necesitaba algo, siempre le mandaba mensajes.
¿Qué mosca le había picado ahora?
Josefina rechazó la llamada y le envió un signo de interrogación por el chat.
Alguien estaría a su lado, seguramente le leerían el mensaje.
Sin embargo, el teléfono volvió a sonar casi al instante.
Con un destello de resignación en sus ojos, Josefina contestó.
—Jose —la voz profunda y magnética del hombre resonó al otro lado de la línea, cargada de una ternura desmedida—. Te extraño.
Josefina no emitió ningún sonido.
—No te llamo por nada en especial. Solo quería decirte que no te olvides de mí.
Josefina seguía en silencio.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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