—¿Qué haces?
Silvia exclamó, sin poder creer que él estuviera perdiendo la cabeza otra vez. ¿Acaso no había un solo momento de normalidad en la vida de ese hombre?
Federico le sonrió; el fuego ardía en sus ojos azules, revelando una emoción que Silvia ya conocía muy bien.
—Bebé, en tres horas me marcho de la isla. Tenemos que aprovechar el tiempo.
Al escuchar eso, la expresión de Silvia se congeló. ¿Acaso volvía a irse?
*¡Eso era una gran noticia!*
Cada vez que se iba, pasaba por lo menos una semana fuera. Por lo visto, le esperaba una semana de paz y tranquilidad.
Así que dejó de resistirse y permitió que él la llevara de vuelta a la habitación.
Federico estaba visiblemente desesperado; la simple idea de separarse de ella le causaba una tremenda ansiedad, y necesitaba absorber cada ápice de energía de su cuerpo.
La acorraló contra la puerta y la besó con pasión, dejándola sin aliento antes de cambiar el rumbo de sus besos.
Silvia echó la cabeza levemente hacia atrás; por la intensidad del momento, sus ojos brillaban humedecidos y su respiración era rápida y errática. Finalmente, cerró los ojos, sin importarle ya lo que él hiciera.
*Solo un poco más, aguantar estas tres horas y todo pasaría.*
Ya acostados, mientras él le succionaba el lóbulo de la oreja y jadeaba, le preguntó:
—Bebé, te traeré un regalo cuando regrese, ¿qué te gustaría?
Inconscientemente, Silvia iba a pedir "volver a casa", pero desechó la idea en el acto. Él jamás lo permitiría. Los regalos de los que hablaba no eran más que chucherías para mantenerla contenta.
Por el momento, necesitaba hacer su vida más llevadera mientras pensaba en alguna manera de escapar.
Con la respiración igualmente entrecortada y acelerada, logró articular:
—Una... una consola de videojuegos.
Le costó varios intentos pronunciar la frase completa; era una prueba fehaciente de lo despiadado que él podía llegar a ser.

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