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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 781

Y justo en ese momento, varios guardaespaldas bajaron corriendo. Al verla allí, se acercaron de inmediato.

—Srta. Téllez, ¿qué hace aquí? Este no es un lugar al que pueda venir cuando quiera. Si el señor se entera de que está haciendo esto, se va a enojar mucho.

Silvia se volvió hacia ellos, con el rostro lleno de ansiedad.

—¿A quién tienen encerrado ahí dentro? ¡Escuché que alguien decía mi nombre! ¿Quién está ahí? ¡Abran la puerta, voy a entrar!

Los guardaespaldas estaban en un aprieto, pero no se atrevían a tocarla a la ligera, así que solo intentaron persuadirla.

—Srta. Téllez, escuchó mal. Aquí solo encerramos a las personas que le faltan el respeto al señor, nadie la conocería.

—No, no escuché mal. Escuché claramente a alguien llamándome —Silvia se mantuvo inusualmente firme. Un profundo pánico comenzó a apoderarse de su corazón y su voz temblaba—. ¡Abran la puerta, voy a entrar!

—Eso sí que no se puede...

Los guardaespaldas realmente no sabían qué hacer.

Se miraron entre sí y, de repente, uno de ellos actuó rápido y le dio un golpe en la nuca a Silvia. El cuerpo de la joven se aflojó y cayó desmayada.

Tampoco se atrevieron a cargarla en brazos, así que llamaron a unas empleadas para que la sacaran de allí.

El cielo nocturno estaba cubierto de nubes oscuras. El sótano, en lo profundo del bosque, parecía las fauces de un abismo que ocultaba toda la oscuridad y la locura en su interior.

En una de las habitaciones, alguien se arrastró con dificultad hacia la puerta, alzando la voz.

—¡Silvia...!

Gritar eso había agotado todas sus fuerzas. Con los ojos inyectados en sangre, se esforzó por mirar hacia la puerta, pero solo pudo escuchar el sonido de unos pasos desordenados alejándose cada vez más.

Lo había escuchado. Esas personas la llamaron Srta. Téllez. ¡Su Silvia efectivamente estaba aquí!

Las manos de Cristóbal se aferraron con fuerza a los barrotes. El dolor en todo su cuerpo lo dejaba sin fuerzas; arrastrarse esa pequeña distancia lo había dejado completamente exhausto.

Cristóbal sentía un arrepentimiento y una culpa inmensos. En su estado actual, ¿cómo iba a rescatarla?

Había sido demasiado imprudente.

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