—Sin duda tomaste demasiado.
La fría voz electrónica resonó en la cocina mientras los finos dedos de Josefina continuaban escribiendo en la pantalla.
—Arturo ya preparó la habitación de invitados. Ve a descansar. Estás pasado de copas, no pienses tonterías.
Al escuchar esa voz robótica, Manuel bajó ligeramente la cabeza, sonrió con resignación, y asintió.
—Sí, es verdad que estoy un poco mareado.
Se dio la vuelta y salió de la cocina.
Josefina suspiró con alivio, guardó su celular y terminó de recoger lo que faltaba.
Cuando salió, vio a la abuela sentada en el sofá de la sala, mirando su teléfono.
Se acercó, se sentó a su lado y se acurrucó contra ella con cariño.
La anciana frotó su mejilla contra la cabeza de Josefina y le preguntó:
—¿Qué pasa?
Josefina apretó suavemente los labios antes de articular, palabra por palabra:
—No... me... quie-ro... ir.
La abuela sonrió.
—No te preocupes por mí. Aquí estoy más tranquila. —Luego la miró a los ojos y añadió—: Jose, haz lo que tengas que hacer, no te limites por mí. A mi edad, ya no le tengo miedo a nada.
Hizo una pausa y suspiró levemente.
—Tal vez la vida siempre tiene algunas cosas que lamentar, como no poder verte completamente feliz y plena.
—Lo... ve-rás —dijo Josefina apresuradamente. Se aseguraría de resolver todo lo antes posible. Después de eso, su plan era vivir con su abuela, disfrutando de una vida relajada y en paz.
La abuela asintió con una sonrisa.
—Muy bien, entonces te estaré esperando.
Josefina se quedó apoyada en la abuela, reacia a separarse de aquel calor familiar.

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