Como era de esperarse, Rosa llegó tarde.
A las 7:30 comenzaba la primera hora, y ya eran las 7:50. A esa hora, la mayoría de los estudiantes ya estaban en sus salones. Solo unos pocos rezagados corrían por los pasillos desde la entrada.
Era raro ver a alguien como Rosa, que llegaba tarde y caminaba sin prisa. Varios se le quedaron viendo.
Pablo Barreto fue uno de ellos.
—¡Oye! ¿De qué grupo eres? —le preguntó Pablo, demasiado curioso como para no devolverse después de haberla pasado.
—No sé —respondió Rosa con sinceridad.
—¿Cómo? —Pablo se quedó de piedra y la miró de arriba abajo—. No te había visto. ¿Eres de primero?
—De segundo. Soy nueva, es mi primer día.
Pablo miró detrás de ella.
—¿Tu primer día y vienes sola? ¿Ya hiciste el papeleo? ¿Trajiste todo?
Rosa asintió.
—Sí, aquí lo tengo. ¿Sabes con quién debo hablar?
Estaba realmente perdida. Esa familia no se preocupaba por ella en lo más mínimo.
—¡Pues le preguntaste a la persona indicada! —dijo Pablo, levantando la barbilla—. Yo también soy de segundo. ¡Vamos, te ayudo con el trámite!
Perfecto. Ya que había llegado tarde, usar la excusa de ayudar a la nueva era una idea genial para evitar el regaño de su tutora.
Así, Rosa llegó sin problemas a la dirección.
—¡Permiso! —gritó Pablo.
En la oficina había dos personas. El profesor Fernando Cordero estaba hablando con un estudiante, Federico Benítez, y ambos voltearon al oír el grito.
Pablo le guiñó un ojo e hizo una mueca al otro estudiante, como si se conocieran bien.
La primera impresión que Federico tuvo de Rosa fue que, junto al alto Pablo, se veía pequeña, delgada e insignificante.



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