Como no entendía nada, Rosa se dedicó a observar a sus compañeros.
Excepto por el efusivo Pablo, a nadie parecía interesarle la nueva. La mayoría estaba concentrada en sus estudios; al fin y al cabo, era una preparatoria de élite.
Entonces, vio que en el codiciado asiento de la primera fila, junto a la ventana, estaba sentado Federico.
Aquel de apariencia impecable y mirada aterradora.
Ocupaba el primer lugar, lo que significaba que era el mejor de la clase, pero no parecía ser el típico buen estudiante.
La vista de Rosa era excelente. Desde su esquina, en diagonal, podía ver con claridad que Federico estaba jugando con su celular. Y lo hacía sin disimulo, con el aparato apoyado sobre unos libros en el pupitre.
Estaba viendo una película, una de terror llena de sangre.
Quizás su mirada fue demasiado directa, porque Federico pareció sentirla y se giró, encontrándose con los ojos de Rosa.
Ella no apartó la vista, solo parpadeó, manteniendo una expresión tranquila.
Federico sonrió levemente. Le pareció interesante, pero nada más. Volvió la vista al frente y siguió con su película.
Rosa dejó de observarlo y ajustó su postura para concentrarse en sus libros. Tenía que ponerse al día con los temas de segundo año o no podría seguir el ritmo.
Finalmente, las clases de la mañana terminaron. Rosa estaba agotada.
Pablo se despertó justo a tiempo y, junto con otros de la última fila, salió del salón. Quién sabe a dónde irían.
Los demás estudiantes corrieron hacia la cafetería.
Rosa, sin saber qué hacer, siguió a la multitud.
La cafetería estaba en otro edificio. Una marea de estudiantes entró en tropel y se formó en largas filas frente a las distintas ventanillas.
Rosa se formó también. Se moría de hambre, pero a mitad de la fila, se dio cuenta de algo.



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