—¡Almi!
Lilia abrió los ojos con horror y corrió a ayudar a Alma.
—¿Cómo estás? ¿Te lastimaste?
Alma movió levemente la muñeca izquierda y sintió un dolor punzante.
Al caer, instintivamente intentó apoyarse con la mano, pero todo fue tan rápido que no soportó el peso y se la torció.
—Estoy bien. —Miró a Lilia para tranquilizarla y luego alzó la vista hacia la espalda del hombre a dos pasos de distancia.
Al mismo tiempo, Oliver confirmó que Rosalía no estaba herida y se dio la vuelta, coincidiendo con el momento en que Lilia ayudaba a Alma a levantarse. Sus miradas se cruzaron. De pronto, la imagen de ella en cuclillas recogiendo los fragmentos de porcelana aquella mañana cruzó por su mente, y su mirada se tensó.
Desde la pelea de esa mañana, no habían tenido contacto en siete días.
Para ser exactos, él había bloqueado sus mensajes. No fue hasta hoy, al bajar del avión, que vio que ella le había seguido escribiendo para preguntarle cuándo terminaba su viaje. Cada mensaje giraba en torno a la palabra «divorcio», como si estuviera decidida.
Si no supiera cómo esa mujer había hecho hasta lo imposible por conseguir el puesto de Señora Robles, ¡casi habría creído que de verdad quería divorciarse!
El divorcio no era más que una herramienta para amenazarlo.
¿Cómo iba a renunciar a la riqueza y el estatus de ser la Señora Robles?
En ese momento...
—¡Lilia! ¡Maldita zorra! ¡Te atreviste a pegarme!
Dora se lanzó furiosa, levantando la mano para abofetear a Lilia.
Sin embargo, el sonido del golpe nunca llegó.
Alma se interpuso frente a Lilia y atrapó la muñeca de Dora en el aire.
—¡Alma! ¡Te atreves a detenerme! ¡Suéltame! —Dora apretó los dientes, mirándola con un odio capaz de matar.
Alma la miró con frialdad y no la soltó.
Ella sabía usar la fuerza con maña. Dora forcejeó un par de veces y, no solo no se soltó, sino que empezó a sentir dolor.
—¿Estás sorda? ¡Te dije que me sueltes! ¡O te pego a ti también!
—¡Dora!
Oliver soltó un grito grave de advertencia. Luego miró la marca roja en la mejilla de porcelana de Rosalía y su mirada se profundizó.
—Le diré a Carlos que te lleve a que te revisen eso.
Rosalía negó con la cabeza.
—Estoy bien, no duele.
Pero la humedad en sus ojos y la sonrisa forzada en sus labios hacían que sus palabras no tuvieran ninguna credibilidad.
—¡Cómo no va a doler! ¡Esa cachetada sonó fortísimo! Rosalía, eres demasiado buena, ¡por eso estas dos cualquiera se atreven a tratarte así! —Dora salió en su defensa, fulminando a Alma con la mirada.
—Dora, ¿quién te enseñó a llamar «cualquiera» a la gente? ¡Dónde están tus modales! —reprendió Oliver con voz gélida, mirando a Alma con severidad.
Dora no sentía que hubiera hecho nada malo y replicó:
—¡Primo! ¿La vas a defender? ¡Viste cómo le pegaron a Rosalía! ¿Vas a dejar que Rosalía sufra esta humillación por culpa de ella?
Al oír esto, Rosalía miró de reojo a Oliver.
El hombre tenía un perfil anguloso y ojos fríos y profundos, imposibles de descifrar.
Un brillo oscuro pasó por los ojos de Rosalía, quien habló primero:

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Embarazada