Isabella guardó silencio. La hipnosis puede alterar los recuerdos de una persona, pero en realidad se aprovecha del instinto humano de buscar lo que es más fácil de sobrellevar. La verdad era algo que Jairo no podía aceptar, así que eligió una versión falsa y, durante todos estos años, ha usado el odio hacia Iván como un escudo para protegerse.
—Eso no es justo para usted —dijo Isabella.
Iván negó con la cabeza.
—Si yo no me hubiera ido antes ese día, mis hijos no habrían tenido que pasar por todo esto. Si hay que buscar un culpable, el principal soy yo.
—Usted no tuvo la culpa, y Jairo tampoco.
En realidad, nadie tuvo la culpa en lo que pasó. Pero si la señora Crespo insistía en aferrarse a ello, ¿acaso ella no era también responsable?
¿Dejar el cuidado de una niña a otro niño mientras ella se iba a tomar el té con otras personas?
Pero quizás la señora Crespo, en medio de su inmenso dolor por perder a su hija, también se sentía culpable, y por eso enloqueció.
—Julen fue testigo de todo —dijo Iván, frunciendo el ceño y recomponiéndose.
Isabella arqueó una ceja.
—¿Lo amenazó con contarle la verdad a Jairo si no nos retirábamos del proyecto del Centro Comercial Gutiérrez?
—Dijo que lo hacía por mi bien.
—¡Ese viejo es un miserable!
—No me quedó más opción que prometerle que nos retiraríamos.
Isabella se giró y abrazó a Iván, que parecía a punto de desmoronarse.
—Le prometo que nos retiraremos. No es como si la empresa fuera a quebrar por no tener el proyecto del Grupo Gutiérrez. No es para tanto.
—Siento que soy un inútil.
—¡Para mí, usted es una persona increíble!
Iván sonrió, pero luego, al recordar algo, su expresión se tornó sombría.
—No dejes que Jairo se entere de nada de esto.
—Guardaré el secreto —prometió Isabella.
***
Cenó con Iván y, como Jairo estaba trabajando hasta tarde, decidió ir a recogerlo.
Estacionó su carro en el aparcamiento subterráneo, junto al de Jairo.
Recibió una llamada de Elías. Le dijo que había estado ordenando cosas viejas en casa y que había encontrado algunas de sus pertenencias. Como no sabía si todavía las quería, las había metido en una caja grande y se las había enviado por paquetería.
—No es nada. Hoy, mientras ordenaba fotos, vi unas de cuando tú y Leo eran niños. Pensé en lo rápido que pasa el tiempo y me puse un poco nostálgico, eso es todo.
—¿Seguro que no quiere que vaya a verlo?
—Seguro. En unos días iré a Nublario, y a partir de entonces, no volveremos a separarnos.
—Está bien.
Después de colgar, Isabella seguía intranquila. Le llamó a Leandro para preguntarle si tenía tiempo ese fin de semana para ir juntos a su pueblo.
—Claro, así de paso traemos a papá.
Con eso, Isabella se quedó más tranquila.
En ese momento, Jairo salió del ascensor.
Isabella bajó sigilosamente del carro, con la intención de asustarlo, pero de repente se oyó un fuerte estruendo no muy lejos.
El susto se lo llevó ella. Se levantó de un salto y miró en esa dirección. Resultó que un carro, quién sabe cómo, se había estrellado contra la puerta de la salida de emergencia.
Suspiró, molesta, y volvió a mirar a Jairo. Lo encontró paralizado, como si el ruido lo hubiera aterrorizado…
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...