Isabella había grabado la llamada.
Le entregó el celular a su hermano y le pidió que extrajera la grabación.
Mientras lo hacía, Leandro apretó los dientes.
—Voy a subir esta grabación a internet. Se va a hacer viral, a ver cómo da la cara Ivana después de esto.
Isabella negó con la cabeza y sonrió.
—Subestimas a la señora Méndez. Tiene dinero y contactos. Puede hacer que bajen la noticia, que la grabación desaparezca de toda la red e incluso rastrearnos. No olvides que obtuvimos esto por medios no muy legales. Además, ¿dices que cómo dará la cara? Mientras no le importe la vergüenza, seguirá como si nada. Y cuando el escándalo pase, nadie se acordará.
Leandro frunció el ceño.
—¿Entonces esta grabación no sirve para nada?
—Claro que sirve. Solo hay que esperar el momento adecuado.
Isabella le pidió a Leandro que le enviara la grabación.
—Yo me encargo de esto. Tú ya no te metas.
Dejó a David en manos de Luciano; lo que sucediera después ya no era asunto suyo.
Al volver a la casa de los Domínguez, de nuevo cenó a solas con Iván.
Al notar a Iván algo desanimado, Isabella le sirvió un poco de comida.
—Jairo ha estado muy ocupado estos días, a menudo cena en la oficina.
Iván suspiró.
—No tienes que consolarme. Sé que ya no va a volver por aquí.
—Claro que volverá. Esta también es su casa.
—Pero me odia.
Jairo ciertamente odiaba a Iván, pero todo lo que Iván había hecho, lo había hecho por él.
—En un par de días lo traeré de vuelta.
—No lo fuerces. Él también está sufriendo mucho.
Era verdad, Jairo también sufría por la muerte de Lilia. Marcela, Iván y Jairo se culpaban y se castigaban a sí mismos. Aunque no había un culpable claro, el odio y el resentimiento parecían ser lo único que los aliviaba.
Después de cenar, Isabella escuchó la grabación varias veces más. Tenía la sensación de que había algo más entre Ivana y David.
Al saber quién era, le dio un golpe juguetón en el hombro.
—¿Segura que no tienes hambre? —le susurró él, apoyando su frente en la de ella, con la respiración agitada y ardiente.
Isabella inhaló su aroma, embriagada.
—Para cenar comí estofado de cordero, verduras salteadas y sopa de champiñones…
—¿Y entonces?
—Me acabo de dar cuenta de que comí muy ligero. —Se acercó y le mordió suavemente el labio inferior—. Se me antojó algo más pesado.
—¿Qué tan pesado?
Isabella rodeó el cuello de Jairo con sus brazos y se sentó a horcajadas sobre él. Llevaba pijama y, con el forcejeo, la mayoría de los botones se habían desabrochado.
Lo abrazó y se entregó a él.
Ya entrada la noche, Isabella se recostó sobre el pecho de Jairo, agotada, escuchando en silencio el latido potente de su corazón.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...