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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 549

Jairo traía una cara de los mil demonios; si cualquier otra persona lo hubiera visto así, ya estaría temblando de miedo. Pero Isabella seguía presionándolo para que hiciera la llamada, e incluso se atrevió a empujarlo.

—¡Ya apúrate! —lo apresuró Isabella dándole un empujón.

Jairo le lanzó una mirada fulminante, pero aun así sacó su celular y marcó el número de Facundo. Sin embargo, lo hacía por su amigo, para evitar que cometiera una estupidez, no por Isabella.

El teléfono sonó varias veces antes de que Facundo contestara.

—¡Estoy ocupado, hablamos luego!

—¡Deja de hacer locuras y oríllate ahora mismo! —ordenó Jairo con voz grave.

—¡No te metas en mis asuntos!

—¡Facundo! ¡Te dije que detengas el carro!

—Tú...

—¡Qué chingados estás alegando! ¡Hazme caso!

Jairo estaba furioso y soltando maldiciones. Isabella sintió un vuelco en el corazón; hasta ese momento le cayó el veinte de que acababa de darle órdenes. ¿Quién era él? El mero mero de Grupo Crespo, un hombre que con solo mover un dedo podía causar un terremoto en todo Nublario.

Del otro lado de la línea se escuchó el rechinido agudo de unas llantas frenando. Jairo colgó el teléfono, aunque su expresión seguía siendo aterradora.

—Eh... gracias. ¡Voy por ellos!

Isabella quiso huir de inmediato.

—Ya te dije que...

—¡Ya sé, no quieres volver a verme! Me llevaré a Samuel y desapareceremos de tu vista ahorita mismo, te juro que no nos volverás a ver en tu vida. —Para que le creyera, se golpeó el pecho dramáticamente prometiéndolo.

Jairo entrecerró los ojos.

—¡Más te vale!

Isabella había escuchado el llanto de Carlota a través del celular y estaba desesperada, así que no tenía tiempo para discutir con Jairo. Se subió al auto de prisa.

Justo cuando iba a arrancar, recordó algo.

—Samuel, baja la ventana y dile gracias a Jairo.

—Isabella... ese señor daba mucho miedo... quería matarnos a mí y a mamá...

—¡Ese señor es un loco!

—¿Qué es un loco?

—Es alguien enfermo, que tiene el cerebro podrido y necesita que lo inyecten y le den pastillas.

Carlota dejó de llorar y miró a Isabella con curiosidad.

—En nuestro pueblo hay un loquito que come cosas de la basura todos los días, ¿ese señor es igual?

—Sí, no solo come de la basura, también come caca.

—¿Eh?

—Así que si lo vuelves a ver, aléjate de él, porque apesta muy feo.

Carlota recordó que él la había abrazado y que habían ido en el mismo coche, e inmediatamente puso cara de asco. Pero al asociar a Facundo con el loquito del pueblo, ya no le tuvo tanto miedo.

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