Al final de cuentas, si solo era un loquito, bastaba con sacarle la vuelta; no había nada que temer.
Después de calmar a Carlota, Isabella le pidió a Samuel que la llevara de regreso al auto. Cuando cerraron las puertas, Isabella ayudó a Floriana a levantarse.
—¡Mientras más miedo les tengas, más te van a pisotear!
Floriana seguía temblando.
—Yo... yo solo quiero estar lejos de ellos.
—Para eso, ellos tienen que estar dispuestos a dejarte en paz.
—Vámonos al pueblo, regresemos ahorita mismo.
Isabella suspiró.
—Está bien.
Acordaron volver al pueblo esa misma noche, pero apenas llegaron a la entrada de la autopista, Carlota vomitó de repente. Floriana le tocó la frente y se dio cuenta de que estaba ardiendo en fiebre.
Isabella dio vuelta en U y se dirigió al hospital. Fue todo un relajo, pero finalmente le pusieron suero a Carlota y la fiebre comenzó a bajar poco a poco.
Fue por el susto, al fin y al cabo es solo una niña.
Floriana miraba a su hija acostada en la cama de hospital, quien incluso dormida tenía el ceño fruncido, y apretó los dientes con rabia.
—Facundo... ¡¿con qué derecho nos hace esto?!
Isabella se acercó y le dio unas palmadas en el hombro a Floriana.
—Tendremos que esperar a que den de alta a Carlota para irnos.
Samuel quería quedarse en el hospital, pero Isabella no quería que estorbara, así que llamó a Leandro para que pasara por él y se lo llevara.
Miró a Jairo con indignación, pero Jairo no mostró expresión alguna, seguía degustando su copa de vino con calma.
—Yo también soy mujer y se me puede molestar fácil. ¿Qué tal si nos vemos y nos damos un tiro tú y yo? Seguro me ganas. ¡Si ganas, me hinco y te pido perdón de rodillas! Pero si yo gano, te disculpas inmediatamente con Floriana y Carlota, ¡y juras que nunca más las volverás a molestar!
—¿Por qué no hablas? ¿A poco al señor Prado le dio miedo? ¡No creo! Oye, ¿quién soy yo? Solo una pobre mujer indefensa sin influencias, sin respaldo y que ningún hombre quiere. ¿Cómo podrías tenerme miedo?
Ese tono sarcástico era peor que las mentadas de madre.
Ignacio y Thiago Flores se tapaban la boca, aguantándose la risa.
Sin embargo, Isabella estaba equivocada. No estaba sola; su respaldo estaba bien sentado allí mismo. Si no fuera por ese respaldo, ¿Facundo se habría aguantado la regañiza?
Pero Isabella seguía atacando, y Facundo miró a Jairo apretando los dientes.
—¿Voy a dejar que me insulte así nada más? ¿No puedo contestarle?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...