Floriana había traído una navaja plegable en el bolsillo. Sabía que para sacar a Rayan de las manos de Facundo tendría que jugarse la vida.
Sacó la navaja, se la puso en la mano a Facundo y luego, sujetando su mano, se apoyó el filo contra el pecho.
—¡Te fui infiel! ¡Te puse los cuernos! ¡Hice quedar mal al gran señor Prado! ¡Tuve una hija con otro hombre y ni siquiera me arrepiento! ¡Me siento genial! ¡Si me dieran otra oportunidad, me volvería a meter en la cama de otro hombre!
Se reía mientras lo decía. Si él quería volverse loco, pues se volverían locos juntos.
—¡Así que si te queda algo de hombría, mátame!
Facundo apretó el mango de la navaja. Su corazón latía desbocado y una voz en su cabeza le gritaba: «¡Mátala, mátala!».
Apretó los dientes. —¡Crees que no me atrevo!
—¡Claro que te atreves!
—¡Floriana!
—¡Tú me orillaste a serte infiel aquella vez!
—¡Maldita sea, todavía buscas excusas!
—¡Y tú engañaste primero con Esther!
—¡Yo nunca la toqué en ese entonces!
—¿Ah, no?
Floriana soltó una risa irónica. —No la tocaste, pero por ella me quitaste el papel que tanto me costó conseguir, por ella me abandonaste en una montaña desierta, por ella me obligaste a arrodillarme, ¡por ella quisiste ahorcarme más de una vez!
Facundo apretó la mandíbula. —¡Es lo que le debías a ella y a mí!
—¡Entonces mátame! Te pago con mi vida, ¿te parece bien? —preguntó Floriana inclinando la cabeza con una sonrisa.
Los ojos de Facundo estaban rojos. En su memoria, Floriana era frágil, tímida, necesitaba depender de él, ser protegida por él; parecía que no podía vivir sin él. Pero para dejarlo, usó la forma más cruel, e incluso en estos seis años no había vuelto a aparecer frente a él.
Dicen que él es cruel, ¿pero acaso ella no lo es?
Especialmente ahora, retándolo a matarla.
Parecía segura de que él no sería capaz. ¡¿Por qué estaba tan segura?!
—Facundo, puedes matarme, ¡pero no puedes hacerme esto!
—¡No te mataré, pero puedo matar a Rayan!
—Tú…
Antes de que pudiera terminar, Facundo perdió la paciencia, volvió a abrirle la ropa y se inclinó sobre ella inmovilizándola. Una sonrisa maliciosa apareció en su rostro y habló con voz helada:
—No te voy a matar, ¡pero te voy a torturar lentamente! Floriana, después de esta noche, quiero que recuerdes por el resto de tu vida cómo te humillé.
Floriana entró en pánico. —¡Facundo, te lo suplico, no hagas esto! Cálmate, lo de aquel año, puedo explicarte… mmm…
Facundo le metió algo en la boca, acallando sus palabras.
Luego la ató con su propia ropa y gritó hacia afuera:
—¡Despierten a Rayan, quiero que escuche bien!
—¡Mmm! —Floriana tenía los ojos inyectados en sangre y luchaba desesperadamente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...