—Tranquila, yo también me quedo. ¡Te voy a ayudar!
Las heridas de Rayan eran superficiales en su mayoría, excepto por tres costillas rotas que requerían hospitalización.
Después de hacer los trámites de ingreso, Isabella le dijo a Floriana que fuera a casa a asearse mientras ella cuidaba a Carlota y a Rayan en el hospital.
Floriana regresó por la tarde.
—Fui a casa de los Hernández a explicarle la situación a su esposa.
La esposa de Rayan estaba en cuarentena y no debían darle disgustos, pero Rayan estaba internado y ella ya sospechaba algo, así que no se podía ocultar.
Floriana le prometió una y otra vez que cuidaría bien de Rayan y que resolvería los chismes en internet sobre ellos, lo que tranquilizó un poco a la mujer.
Carlota ya podía salir del hospital, así que Isabella la llevó a casa de Leandro Muñoz.
En los próximos días, tanto ella como Floriana estarían muy ocupadas y Leandro no tenía tiempo para cuidar niños, así que tendría que contratar a alguien.
Al llegar a casa, Isabella abrió los ojos como platos al ver a Samuel sentado formalmente en la mesa haciendo la tarea. Carlota también se quedó boquiabierta.
Corrieron hacia él, uno a cada lado.
—Hijo, ¿estás enfermo? ¿Te duele algo?
—Hermano, me estás asustando.
Desde que Samuel entró a la escuela, no se sabía bien el abecedario ni leía muchas palabras. La maestra llegó a sospechar de su coeficiente intelectual, pero la verdad es que simplemente no le gustaba estudiar y solo pensaba en jugar. Nunca había hecho la tarea en casa, y mucho menos por iniciativa propia y sin supervisión.
Era simplemente increíble.
—¡Aléjense, no me interrumpan! —dijo Samuel sin levantar la cabeza.
Isabella echó un vistazo a su cuaderno y se sorprendió aún más: eran sumas. Aunque eran de un solo dígito, las revisó por encima y todas estaban bien.
Su hijo por fin había madurado; un milagro para la familia Crespo.
—¡Quedan tres minutos!
¿Eh? ¿De quién era esa voz?
Isabella volteó y vio a Lucas Crespo. El pequeño estaba acurrucado en el sillón reclinable, con un libro en las manos, recordándole perezosamente el tiempo.
—¡Lucas!
Se asustó y volteó de inmediato. Vio una silueta alta y oscura parada allí, con un cigarro en la mano.
—¿Quién? ¿Quién anda ahí?
Isabella buscó el interruptor instintivamente para encender la luz.
—¡No prendas la luz!
Esa voz…
¡Jairo!
Al reconocer su voz, Isabella suspiró aliviada, pero enseguá se tensó de nuevo.
—¿Tú… qué haces aquí?
—Primero ponte ropa.
—¿Eh?
—No quiero que haya malentendidos, ni quiero tener nada que ver contigo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...