No hacía falta decir lo mal que se veía Rayan.
Lo que impactó a Isabella fue el estado de Floriana. Estaba pálida, con el cabello revuelto y la ropa desgarrada. Por su forma de caminar, no hacía falta adivinar qué le había pasado.
La furia de Isabella se disparó hasta el tope. Apretó los puños y estaba a punto de entrar para ajustar cuentas con Facundo.
Floriana la detuvo. —Primero… primero llevemos a Rayan al hospital.
Isabella miró a Rayan. Tenía la cabeza rota, le salía sangre de la boca y se apretaba las costillas con fuerza, temblando de dolor pero aguantando.
Respiró profundo y ayudó a sostener a Rayan. —Está bien, vamos al hospital primero.
Ignacio también se sorprendió al ver el estado lamentable de ambos y ayudó a subirlos al coche.
—Si… si necesitan algo, llámenme.
Isabella le lanzó una mirada fulminante a Ignacio antes de subir. —Entonces hazme el favor de decirle a Facundo que esta noche me las va a pagar. ¡Que me espere!
Ignacio tosió incómodo. —Se lo diré.
Isabella se subió al auto, se limpió la sangre de la frente de cualquier manera y arrancó hacia el hospital.
Ignacio vio alejarse el coche de Isabella, frunció el ceño y se dio la vuelta hacia la fábrica. Al llegar al almacén, vio a sus guardaespaldas afuera, mientras desde adentro se escuchaban golpes y cosas rompiéndose.
Entró y vio todo hecho un desastre. Facundo levantaba un barril de aceite vacío y lo azotaba contra el suelo.
—¡Floriana! ¡Juro que te voy a matar, maldita sea!
—¡Espérate, solo espérate!
—¡Tú y ese amante, ninguno va a tener paz!
Facundo parecía un loco, desahogando toda su violencia, ira y frustración.
—Si Jairo no te hubiera detenido, ¿los habrías matado esta noche? —preguntó Ignacio frunciendo el ceño.
—Mañana temprano nos regresamos al pueblo.
—No puedo dejar a Rayan en el hospital, ni irme tranquilamente después de haberle causado este problema. Además… —Floriana suspiró pesadamente—, me escondí de ellos seis años y aun así no me dejan en paz. Ya no tiene caso seguir escondiéndome.
Isabella soltó a Floriana y la miró.
—¿Te vas a quedar en Nublario?
Floriana apretó los puños. —Tienes razón. La primera vez que me intimidaron no me defendí, y por eso creen que soy fácil de pisotear. Por eso lo siguen haciendo.
—¿Cómo puede haber gente tan mala?
—Así que esta vez voy a defenderme. Les voy a demostrar que Floriana no es un trapo que pueden pisar.
Isabella la tomó de los hombros con satisfacción. —¡Así se habla! En esta vida hay que tener dignidad. ¡Nadie tiene derecho a humillarnos ni a abusar de nosotras!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...