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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 572

—Esther te acaba de quitar el sueldo del mes, ¿verdad?

La asistente escuchó eso, dudó un momento y bajó la velocidad.

—Aparte del dinero, ¿no te gustaría desquitarte?

Al escuchar eso, la asistente se detuvo en seco.

—¿Qué quiere que haga?

Lucas no solo era muy independiente, también era muy disciplinado. Isabella estaba en lo mejor de su sueño cuando el niño tocó insistentemente a su puerta.

—Necesito desayunar a las siete en punto.

Isabella se talló los ojos. Vio que el niño ya estaba peinado y lavado, con un libro en la mano. Seguro llevaba rato despierto y leyendo, y tocó porque ya no aguantaba más.

—Eh... ¿qué hora es?

—Las seis y media.

—¿Apenas las seis y media?

En seis años, ella nunca se había levantado a las seis y media; lo más temprano era a las nueve.

—Este... te pido algo por aplicación.

Lucas frunció el ceño de inmediato.

—No como comida de fuera. Quiero leche caliente o sopa caliente, y pan tostado, cuernitos o cualquier otro pan dulce también está bien. No soy melindroso.

¿Eso es no ser melindroso?

Isabella bostezó varias veces seguidas.

—Bueno, voy a preparar algo.

Se lavó la cara a las prisas, corrió a la cocina a calentar leche y tostó una rebanada de pan, logrando ponérselo enfrente a las siete en punto.

Pero Lucas dio un sorbo a la leche y la escupió de inmediato.

—¡Esta leche está caducada!

Isabella parpadeó y corrió a la cocina a ver la fecha en el envase. En efecto, tenía varios días vencida; con razón se veía rara al calentarla.

Salió rascándose la cabeza.

—Eh... cómete el pan primero, te sirvo agua caliente.

Lucas, ya prevenido, examinó el pan con cuidado y lo dejó en el plato con resignación.

—El pan tiene moho.

Como Lucas se negó rotundamente a ponerse ropa sin planchar, Isabella tuvo que llevarlo a su casa por ropa limpia.

Como la villa de Jairo en el centro estaba cerca y ahí tenía ropa de Lucas, fueron para allá. Carlota también fue, pensando que iban a recoger a Samuel, y no paraba de hablar de lo contenta que estaba.

A mitad del camino, empezó a llover.

El coche de Isabella no podía entrar a la villa, así que tuvieron que caminar.

Lucas frunció el ceño.

—¿No traes paraguas?

Isabella resopló.

—Quién iba a saber que llovería de repente.

—Creo que una persona normal llevaría uno en el coche por si las dudas.

—En realidad es solo una llovizna, corremos y llegamos.

Pero apenas terminó de decirlo, se escucharon truenos y el cielo se cayó.

Lucas se llevó la mano a la frente.

—¡Que tu hijo haya sobrevivido contigo es un verdadero milagro!

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