Floriana no era tan tonta como para ponerse a pelear con él y hacer sufrir a su hija, así que sin pensarlo mucho, volvió a subir al coche con Carlota.
Víctor sonrió triunfante. —Hace rato me sentía generoso, pero luego pensé: yo no soy buena persona, ¿para qué hacerme el santo? Si quieren viajar en mi coche, tienen que pagar.
Floriana sacó un billete de cien pesos de su bolsa. —Llévanos al hotel. Quédate con el cambio de propina.
—¿Crees que soy tan barato?
—Baratísimo.
Víctor hizo una mueca. —¡No! ¡Me tienes que invitar a cenar!
El coche terminó estacionado frente a un puesto de tacos y asados, muy cerca de los estudios de grabación. Muchos trabajadores y extras iban ahí al salir de trabajar. Floriana, temiendo que la reconocieran, se puso unos lentes de sol enormes.
Víctor pidió la comida y luego miró a Floriana sentada enfrente, negando con la cabeza.
—De noche y con lentes oscuros. ¿Te esfuerzas para que la gente te voltee a ver o qué?
Floriana abrió un refresco y le dio un trago. —Que me miren no importa, soy guapa, llamo la atención naturalmente. Lo importante es que no me reconozcan.
—Dijiste que yo tenía autoconciencia, pero tú no tienes ni una pizca.
—Cállate, te apesta la boca.
Al oír eso, Carlota soltó una risita.
Víctor miró a Carlota y su expresión se suavizó al instante.
—Gordita, ¿de qué te ríes?
—Señor, ¿a usted también le huele la boca porque le dio flojera lavarse los dientes en la mañana?
Víctor hizo un puchero. —Yo me lavo los dientes mañana y noche, tu mamá me está calumniando.
—¿De verdad?
—Claro.
—A ver, déjeme oler.
Carlota se levantó, se acercó a la cara de Víctor y de repente le dio un beso en la mejilla.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...