—Yo sé que soy tu favorita.
Floriana rodó los ojos. Decidió no interrumpir su «romance»; en cuanto llegaran a una carretera principal donde pasaran taxis, pediría que las bajaran.
Pero la mujer no podía esperar ni ese poco tiempo. Se le pegaba al brazo a Víctor y su mano se deslizaba peligrosamente hacia donde no debía.
Víctor, emocionado, soltó el volante un segundo y el coche dio un bandazo brusco.
Carlota soltó un gritito de susto. Floriana la abrazó de inmediato, tapándole los ojos y los oídos para protegerla de lo que pasaba al frente.
—Señor Crespo, si usted no aprecia su vida, nosotras sí. ¿Podría manejar con cuidado, por favor?
Como si quisiera provocarla, después de que ella habló, Víctor jaló a la mujer y se la sentó en las piernas. El coche se sacudió varias veces con el movimiento.
—Señorita Sánchez, ¿qué tal la adrenalina? —preguntó con una risita mañosa.
Floriana apretó los dientes. Se arrepentía profundamente de haberse subido a su coche, pero afuera estaba oscurísimo, parecía una carretera de montaña, y el sentido común le decía que no era seguro bajarse ahí. Solo le quedaba aguantar.
La pareja de adelante se ponía cada vez más intensa; la mujer incluso empezó a gemir.
Justo cuando Floriana estaba a punto de explotar, Víctor empujó a la mujer.
—Dijiste que eras virgen, ¿estás segura?
La mujer, que tenía cara de éxtasis, se quedó pasmada. —Yo... claro que sí.
—Con esa actitud tan lanzada, ¿me vas a decir que eres virgen?
—Lo soy. Si no me crees, vamos al hotel y compruébalo tú mismo.
—¿Cuántos años dijiste que tenías?
—Veinte.
—¡No manches! Tienes el cuello lleno de arrugas, ¿me dices que tienes veinte? ¡Enséñame tu INE!
—Señor Crespo, usted...
—¡Sácala!
La mujer titubeó un rato y al final no tuvo de otra: —Bueno, tengo veintiocho, pero sigo en mis veintes.
—¡Que me enseñes la credencial!
—¡Bueno, treinta!
—¿Quieres que te baje a ti también? —amenazó Víctor.
—Solo dije la verdad.
—Soy un patán, pero eso solo lo puedo decir yo, ¡nadie más!
—Ah, mira, al menos tienes autoconciencia.
—¿Me estás buscando, verdad?
—¡Por favor, pare el coche, nos bajamos ya!
Floriana no había terminado de hablar cuando el coche se detuvo de golpe.
—¡Pues órale, bájense!
Floriana no lo dudó, tomó a su hija y se bajó. Pero en cuanto pusieron un pie afuera, se dio cuenta de que estaban frente a un cementerio...
—¡Mamá, tengo miedo! —la voz de Carlota temblaba.
Floriana apretó los dientes. Ese desgraciado de Víctor se había detenido ahí a propósito.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...