Isabella aún estaba en una junta cuando recibió la llamada de la maestra. Le dijeron que no habían podido contactar a Jairo, así que no tuvieron más remedio que llamarla a ella para pedirle que fuera a la escuela de inmediato.
Isabella pensó que Samuel había hecho alguna travesura, pero la maestra le aclaró que se trataba de Lucas: había golpeado a alguien, y para colmo, era una niña. Los padres de la otra parte ya habían llegado y estaban furiosos.
Ella suspendió la reunión apresuradamente y condujo hacia el colegio. En el camino intentó llamar a Jairo, pero, en efecto, no contestaba.
Al llegar a la oficina de la dirección, apenas se acercó a la puerta, Isabella escuchó el llanto de una niña y los gritos iracundos de un padre.
—¿Cómo te educaron tus padres? A tu edad y atreviéndote a usar un ladrillo para romperle la cabeza a una compañera... ¡de grande vas a terminar siendo un asesino!
Isabella entró con el ceño fruncido. Vio a Lucas con la carita tensa, mirando con furia al padre que lo insultaba: un hombre alto, de unos cuarenta años, que tenía los ojos desorbitados y una expresión feroz.
—¡Mocoso! ¿Todavía te atreves a mirarme así? ¡A ver si no te doy una tunda!
Mientras la maestra intentaba detener al hombre, Isabella dio grandes zancadas y se interpuso frente a Lucas para protegerlo.
—Si hay algún problema, lo hablamos entre los padres. No se aproveche de su tamaño para intimidar a un niño.
Al ver que Isabella era una mujer, el hombre no la tomó en serio.
—¿Dices que estoy intimidando a tu hijo? —El hombre soltó un bufido y empujó a Isabella con fuerza—. Pues sí, lo estoy intimidando, ¿y qué vas a hacer?
Isabella tropezó por el empujón, pero en cuanto recuperó el equilibrio, su mirada se oscureció y se lanzó hacia el hombre. Él ni siquiera la consideraba una amenaza y volvió a estirar la mano, pero al instante siguiente Isabella le agarró la muñeca y se la torció hacia atrás.
—¡Ay, ay! ¡Duele, duele! —gritó el hombre.
La maestra se apresuró a intervenir para calmar a Isabella. Ella soltó un bufido frío y empujó al hombre para soltarlo.
El sujeto se sobó la muñeca rápidamente; su furia había aumentado, pero ya no se atrevía a ser tan bocón.
—Tú... ¿tú eres la madre de este niño?
Isabella no le hizo caso. En su lugar, miró a la niña que estaba parada detrás de él: tenía un gran chichón en la frente, la piel abierta y un hilo de sangre escurriendo.
Probablemente por el dolor, la niña tenía los ojos llenos de lágrimas. Al ver que Isabella la miraba, se las limpió con un gesto obstinado.
—Mira cómo dejó tu hijo a mi hija. Dime, como padre, ¿no tengo derecho a estar enojado?


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...