Erika lo pensó un par de veces, pero finalmente terminó llamándolos con tono severo.
Los tres niños no entendieron por qué la voz de su madre se había vuelto tan estricta de repente, pero aun así se separaron del abrazo de Valerio y corrieron de vuelta a su lado.
Erika se agachó lentamente y les explicó con voz suave:
—Valerio solo vino a recoger unos papeles del trabajo y ya casi se va porque tiene que hacer horas extras. Si lo entretienen así, no lo dejarán terminar sus pendientes.
Los rostros de los tres pequeños se llenaron de decepción al instante.
Erika pensó que Valerio captaría la indirecta y aprovecharía la excusa para marcharse.
Pero no fue así. Caminó directo hacia ellos, se sentó en el sofá y les dijo con una gran sonrisa:
—Su mami tiene razón, pero la verdad es que ese trabajo lo puedo hacer más tarde. ¿Qué les parece si me quedo a jugar con ustedes una media hora?
—¡Sí! ¡Súper! —gritaron los tres, aplaudiendo al unísono.
Desde un ángulo en el que los niños no la vieran, Erika le lanzó a Valerio una mirada fulminante y se fue furiosa de regreso al estudio.
Greta y Juana no tardaron mucho en volver de hacer las compras. Al entrar, no vieron a Erika, pero encontraron a los niños muertos de risa jugando con Valerio, así que asumieron que ella lo había invitado a cenar.
Greta se acercó a preguntar:
—No sabemos qué se le antoja cenar al señor Ramírez, pero tenemos de todo en el refrigerador. Solo díganos y Juana y yo nos ponemos a preparar la cena.
Valerio respondió con tranquilidad:
—Cenaré lo mismo que vaya a comer la señorita.
—Entendido, señor Ramírez.
Justo en ese momento, cumpliéndose la media hora exacta que él había prometido, Erika salió del estudio y escuchó la conversación.
Intervino de inmediato:
—Greta, Juana, no preparen nada para él. Tiene que irse a trabajar ahora mismo.
Greta apenas iba a asentir, pero Valerio la interrumpió rápidamente:
—Ya pospuse el trabajo. Tengo toda la noche libre.

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