Valerio le dio una calada profunda a su cigarrillo y miró a Leonardo con total seriedad:
—Por un momento olvídate de que eres su hermano. Ponte en mis zapatos. ¿Dejarías que tus propios hijos vivieran lejos de ti sin hacer nada? A la mujer que amas, ¿la dejarías ir así de fácil?
Leonardo no le tuvo ni una gota de piedad y le respondió de golpe:
—¿Ponerme en tus zapatos? Si yo amara a alguien, confiaría en ella a ciegas. Si hubieras hecho eso, toda esta basura jamás habría pasado.
Valerio frunció el ceño con frustración:
—Eres un hombre adulto, ¿por qué es más difícil hablar contigo que con ella?
Leonardo alzó una ceja, retador:
—¿Quién dijo que yo quería hablar contigo? Estaba muy cómodo en el sofá hasta que tú me arrastraste hacia acá.
Valerio: ...
Cuando ambos terminaron de fumar, Valerio sentenció:
—Quédate aquí si te da la gana. Yo no me voy a mover.
Leonardo también dejó de lado las bromas y se puso serio:
—Mira, señor Ramírez, hacer todo este berrinche no te va a servir de nada. Cuando conocí a Eri, tenía un embarazo súper avanzado. Vi con mis propios ojos cómo tuvo que tragar tierra para salir adelante. Si fue capaz de aguantar todo ese sufrimiento y esconderse de ti por tantos años, imagínate la magnitud del odio que te tiene. Si intentas quitarle a sus hijos ahora, es capaz de matarte y luego matarse ella.
Suspiró antes de continuar:
—La verdad, a estas alturas sí te creo que estás enamorado de ella, pero no te voy a ayudar. Desenredar el nudo que tiene en el corazón es bronca tuya. Eso sí, te lo digo de hombre a hombre: si tu familia intenta llevarse a los niños a la fuerza, la familia Romero va a poner toda la carne en el asador para destruirte. Ahora, si logras que ella vuelva contigo por las buenas... hasta te invitaré una cerveza como hermanos.
Dicho esto, al ver que Valerio no tenía intenciones de responder, Leonardo dio por terminada la charla.
Ambos regresaron a la sala, uno detrás del otro. Erika seguía de pie en el mismo lugar. Tras examinarlos a los dos de pies a cabeza, dijo:
—Hermano, dormirás en esa habitación de invitados. Tienes toallas y todo en el baño.
—Perfecto. Tú también vete a dormir ya —respondió Leonardo y, tras lanzarle una última mirada a Valerio, caminó hacia el cuarto.
Erika ignoró por completo la existencia de Valerio y se metió a su propia habitación.
Esperó hasta escuchar que la regadera del baño de invitados se cerraba. Unos minutos después, se asomó al pasillo y miró hacia la sala. Valerio ya no estaba en el sofá. ¿Por fin se había largado?

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