Al escuchar que Valerio iba a bajar con los niños, Erika aceptó el panecillo lentamente.
Ya que el encuentro con la familia de su exesposo había sido inevitable, decidió aprovechar esos minutos para acompañar a Ireneo.
Mientras tanto, en una habitación del segundo piso.
Silvia Ramírez jugaba fascinada con los niños; su sonrisa era tan grande que casi no se le veían los ojos de la felicidad.
Pero en cuanto vio entrar a su hijo, su rostro cambió por completo.
Valerio le hizo una seña a la empleada que estaba ahí para que vigilara a los pequeños. Tomó a su madre del brazo, la llevó a una recámara vacía y le reclamó:
—¡Mamá! ¡¿Qué demonios significa esto?! Por más que quieras conocerlos, no puedes ir a sacarlos de la escuela sin siquiera avisar.
Silvia lo miró, haciéndose la ofendida:
—¿Acaso esa es forma de hablarle a tu madre? Valerio Ramírez, jamás en tu vida me habías levantado la voz. Pero claro, los hijos crecen y ya la madre no vale nada. Ahora tienes a tu mujercita y te olvidas de quién te dio la vida...
—Mamá... ¿de dónde sacas tantas locuras? ¿Has estado viendo las telenovelas de la noche? —Valerio suavizó el tono para interrumpir su drama.
Silvia frunció los labios:
—¿Qué pasa? ¿A poco creíste que yo no sabía armar un berrinche?
Valerio le masajeó los hombros y le habló con tono conciliador:
—Todo el mundo sabe que la señora Silvia es una dama de alta sociedad: culta, respetable, el ejemplo de la elegancia...
—Ya basta —Silvia le cortó el discurso, mirándolo de reojo—. ¿Es un crimen querer ver a mis propios nietos? ¿Desde cuándo necesito el permiso de esa mujer para convivir con ellos? ¡Y encima quería hacerme esperar tres días! Están bien chiquitos, ¿qué clase de proceso de adaptación necesitan? Míralos, ¿acaso no me aceptaron rápido como su abuela? Hasta me agarraron cariño en un ratito.

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