Julián, avergonzado, respondió:
—Yo... yo sé artes marciales y sé conducir. La jefa me dio órdenes estrictas. Sabe que es peligroso para una mujer beber tanto afuera, así que me lleva a todas partes solo para que la cuide y la lleve a casa a salvo cuando esto pasa.
Ian sacó su teléfono mientras murmuraba:
—Pues a mí no me inspiras mucha confianza, muchacho. ¿Acaso estás enamorado de tu jefa?
Julián agitó las manos, aterrorizado.
—¡No, no! ¡Ni me atrevería! Yo jamás estaría a la altura de una mujer tan increíble como ella.
—Pff... —Ian resopló, mirándolo con desdén. Luego, apretando la mandíbula, habló por el celular—: Oye, gran jefe, ¿quieres a tu esposa o no?
Al otro lado de la línea, Valerio acababa de salir de la ducha. Al escuchar el tono escandaloso de Ian, preguntó con voz fría:
—¿En qué agujero te metiste ahora?
—¿Yo? Estoy en el Hotel Gran Palacio. ¿Y a que no adivinas quién más está aquí? —Ian se hizo el misterioso con tono juguetón.
La voz de Valerio era puro hielo.
—¿Tienen fiesta de la empresa hoy? Ya hicieron suficiente ruido, lárgate a tu casa.
—¡Valerio Ramírez! —gritó Ian emocionado—. Si me ruegas un poquito, te diré quién está conmigo.
Valerio se secaba el cabello con una toalla y respondió sin interés:
—La única manera de que te ruegue por algo es si se tratara de Erika. Pero a ella no le gustan esos ambientes. Lárgate a dormir, yo también voy a descansar.
—¡Bueno, bueno, bueno! Ve a dormir entonces —asintió Ian con una sonrisa perversa—. Supongo que tendré que llevarme a mi cuñadita a una suite del hotel. Total, ya están divorciados. Si intento conquistarla, nadie me lo puede prohibir, ¿verdad?
—¡¿Qué diablos dijiste?! —La voz de Valerio estalló como un látigo—. ¡¿En qué salón estás?! ¡Si te atreves a ponerle un dedo encima, te arrancaré la cabeza! ¡Quédate exactamente donde estás y espérame!



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