Usando la excusa de que los niños los estaban observando, Valerio prácticamente empujó a Erika hacia el asiento del copiloto.
Mientras el auto avanzaba por la avenida, los tres pequeños saltaban de alegría en los asientos traseros.
Cuanto más felices se mostraban por ver a Valerio, más se oprimía el corazón de Erika.
Era esa profunda ausencia de una figura paterna lo que los hacía anhelar tanto su presencia.
—¿Estás molesta? —le preguntó Valerio con un tono suave, sin apartar la vista del camino.
Erika no respondió de inmediato. Al notar que el paisaje no le resultaba familiar, frunció el ceño y preguntó:
—Este no es el camino a casa. ¿A dónde vamos?
Valerio esbozó una leve sonrisa, miró por el espejo retrovisor y se dirigió a los niños:
—Papá los va a llevar a un restaurante increíble, ¿les parece bien?
Antes de que Erika pudiera detenerlo, los pequeños ya estaban aplaudiendo emocionados y gritando que sí.
Al ver el entusiasmo desbordante en sus caritas, supo que una negativa rotunda sería como echarles un balde de agua fría.
Resignada, forzó una pequeña sonrisa, les pidió que se sentaran bien y dejaran de hacer tanto alboroto, y luego guardó silencio.
El auto no tardó en llegar a la entrada de un exclusivo club en las afueras de la ciudad.
Aunque estaban lejos del bullicio del centro, el estacionamiento estaba lleno de autos de lujo. Erika notó de inmediato que todos los que bajaban venían acompañados de niños; claramente era un lugar pensado para disfrutar en familia.
Entre las risas contagiosas de los pequeños, un miembro del personal los guio con suma amabilidad hacia un salón privado.
El espacio era tan amplio y luminoso que más que un comedor privado, parecía un salón de fiestas listo para celebrar a lo grande.

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