El hecho de que alguien se atreviera a disparar en un aeropuerto lleno de oficiales patrullando era realmente espeluznante.
Cuando Erika por fin pudo calmarse y fijar la vista al frente, notó que el chofer no parecía ser de Oricalco.
Valerio, notando su mirada evaluadora, se apresuró a explicar.
—Es un empleado de la sucursal del Grupo Ramírez en Oricalco. Le avisé con anticipación que nos recogiera aquí.
Erika no dijo nada; casi se le había olvidado que el Grupo Ramírez tenía oficinas en ese país.
El auto rodó durante poco más de una hora hasta detenerse frente a una majestuosa casa independiente.
Era una estructura de dos pisos con un ático, cuyo diseño mezclaba elementos modernos con toques clásicos, dándole la apariencia de un pequeño castillo de estilo vanguardista.
A los lados, había arbustos perfectamente podados y árboles de diseño. Un sinuoso camino de piedra conectaba la puerta principal con la calle.
A ambos lados del sendero se extendían inmensos jardines de un verde vibrante, rodeados por una impecable cerca blanca.
Erika se quedó de pie junto a la cerca, contemplando la casa y asumiendo que era propiedad de Valerio.
Él bajó su equipaje y se acercó.
—Entremos. Aquí estaremos tranquilos y, sobre todo, seguros.
Erika no se movió. Habló con voz serena y decidida.
—Este lugar está muy lejos de los sitios a los que necesito ir. No me resulta práctico. Iré al centro a buscar un hotel.
Intentó arrebatarle su maleta, pero antes de que pudiera hacerlo, Valerio se agachó, la cargó sobre su hombro y comenzó a caminar.
—¡Suéltame, imbécil! —gritó Erika, golpeándole la espalda con los puños.
Valerio la ignoró y no se detuvo hasta estar dentro de la casa. Allí, la bajó y le habló en tono severo.
—Ya te dije que es peligroso que andes sola por ahí. Vas a quedarte aquí y te portarás bien. Hoy descansaremos, y mañana, sea lo que sea que tengas que hacer, yo seré tu chofer.
Erika bufó con indignación.
—¿En qué ciudad del mundo no hay gente mala y peligros imprevistos? Deja de intentar asustarme con esas tonterías.

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