¡Erika no podía imaginarlo!
¿Cuántos cortes se había hecho a sí mismo?
¡Le dio a beber su propia sangre!
Erika tragó el nudo que tenía en la garganta y, lentamente, estiró su mano para entrelazarla con la de él. Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera controlarlas.
Después de un largo silencio, habló con la voz temblorosa:
—Valerio, tienes que despertar pronto. Mi vida no vale tanto como la tuya... no tenías por qué sacrificarte así para salvarme. Una deuda como esta... jamás tendré cómo pagarla...
Erika lloró y habló durante mucho tiempo, sin soltar su mano ni por un segundo.
Leonardo Romero, que aguardaba afuera, temía que ella sufriera una recaída por tanta tristeza, dado que acababa de despertar y seguía muy débil. Finalmente, tocó la puerta y entró. Le dedicó algunas palabras de consuelo hasta que logró convencerla de regresar a su propia habitación.
Apenas se recostó en su cama, Erika recordó de golpe a Catalina Morales.
Sujetó la mano de Leonardo y, con pánico en la voz, preguntó:
—¡Leo! ¡¿Y mi mentora?! ¡¿Lograron rescatar a Catalina?!
Leonardo la miró a los ojos, se sentó lentamente en la silla y dejó escapar un profundo suspiro.
—Alrededor de la camioneta de Valerio... no se detectaron más señales de vida. Eri, por favor, trata de no angustiarte demasiado.
Preocupado de que el llanto de Erika afectara su recuperación, Leonardo se apresuró a añadir:
—Eri, el destino de cada persona está escrito. En tu estado actual, no debes someterte a tanta tristeza. Tienes que pensar en tus hijos; recuperarte es lo más importante ahora. No dejes que los pensamientos te consuman.
A pesar de las palabras de su hermano, Erika no pudo contener las lágrimas.


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