Al escuchar los llantos de ambas, los ojos de Martina también se llenaron de lágrimas. Miró hacia el techo, recordando cómo Valerio se había desvivido por cuidar de Erika recientemente, y sumado a lo que acababa de escuchar, se mordió el labio con fuerza.
—Maldita sea, yo tampoco puedo creer que en este mundo exista un hombre tan entregado. Si Amelia tiene la culpa, entonces lo mío es imperdonable...
Al oír esto, Diego se acercó lentamente, guardó silencio un instante y luego dijo:
—Señorita Milán, he estado al lado del jefe todos los días, y el cariño que le tengo es igual al de un hermano. Estuve al tanto de todo lo que pasó entre ustedes en el pasado. Incluso si cometió errores, ya pagó con creces. Desde que supo la verdad, hizo todo lo humanamente posible por compensarla, ¿no es así?
A Diego también se le llenaron los ojos de lágrimas. Miró a Erika y continuó con la voz entrecortada:
—Un amor como el que él sentía por usted... en todos mis años de vida, jamás lo había visto en ningún otro hombre. Hoy, en nombre del jefe, me atreveré a hacerle una pregunta: ¿Siente algo por él en su corazón? ¿Llora de esta manera porque siente que le debe la vida, o porque de verdad le duele en el alma haberlo perdido? En lo personal, me gustaría escuchar su respuesta para darle un poco de paz al espíritu de mi jefe...
Al terminar de hablar, Diego hizo una reverencia profunda, manteniendo la postura en señal de respeto.
Erika, con la mirada borrosa por las lágrimas, miró hacia la cama. Pasó un largo rato antes de que pudiera abrir la boca entre sollozos:
—Yo... no lo sé...
Apenas logró pronunciar esas palabras, se cubrió el rostro con las manos. De su garganta brotó un lamento ahogado, un sonido cargado de pura desesperación y vacío.
Su mente era un caos total. No sabía cuál de las opciones que le había dado Diego era la correcta, lo único que sentía era un dolor insoportable en el pecho, como si un cuchillo afilado le apuñalara el corazón una y otra vez.
Las lágrimas no paraban de fluir, y cada gesto, cada sonrisa y cada palabra de él se volvían más nítidos en su memoria.
Se negaba a creer que un hombre tan fuerte se hubiera ido así de la nada. Cuando lo fue a ver antes, él respiraba y los monitores médicos marcaban signos normales.


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