¿Por qué diablos tenía que topárselo ahí? ¿Acaso este infierno nunca iba a terminar?
—¿Quién te enseñó a ser tan grosera al hablar?
La voz de Valerio volvió a resonar junto a su oído, con la misma pasmosa tranquilidad.
Erika no dudó en escupir sus palabras:
—No soy grosera con la gente, nada más contigo. ¡Si no te quitas en este momento voy a llamar a la policía!
Dicho esto, dio un pequeño paso a propósito, intentando poner a prueba la reacción de Valerio.
Como era de esperarse, él movió sus pies siguiendo la misma dirección de ella.
Erika se quedó quieta; se dio cuenta de que, por más que se moviera, Valerio le iba a seguir cortando el paso.
Él de verdad actuaba como un loco.
Cuando le daban sus arranques, no escatimaba esfuerzos en obstaculizarla y humillarla, y no cedía hasta que por fin volvía a la normalidad.
En ese momento estaba cansadísima, le pesaban las piernas y empezaba a sentir un dolor punzante en la cintura.
Incluso sintió que el kilómetro que le faltaba recorrer hasta llegar a la casa de Martina se había convertido en una distancia imposible de alcanzar.
Con fastidio, se arrastró hasta la banqueta y se recargó pesadamente contra el tronco de un árbol.
Valerio se quedó observando en silencio; su cara seguía sin inmutarse a pesar de los desplantes de ella.
De pronto, él cambió de tema y dijo en un tono apacible:
—Mi abuelo ya salió del hospital.
Erika le restó importancia al asunto y contestó:
—Hablo por videollamada con él muy seguido, no necesito que seas su mensajero.
El tono de respuesta de Erika seguía siendo frío. Últimamente le había estado mintiendo a Ireneo diciéndole que estaba estudiando en el extranjero y que por ahora no iba a poder regresar.
Para mantener de buen humor al señor, Erika le marcaba por videollamada constantemente.
Cada vez que Ireneo le insistía en que volviera, ella ponía la excusa de que primero terminaría su curso.
Su mirada siguió inspeccionándola con detalle.
Cuando sus ojos se detuvieron en la zona de la bolsa, un bordado que unía la correa con la lona llamó poderosamente su atención.
Sin embargo, Erika malinterpretó aquella vista, creyendo que se le estaba quedando viendo al vientre.
Eso le causó un profundo pánico, por lo que se apresuró a voltearse hacia un lado para esconder el estómago.
Al ver su movimiento, Valerio no hizo ningún comentario, pero sus ojos se desviaban hacia la bolsa a cada momento.
Tras un breve silencio entre los dos, Valerio se aclaró la garganta y rompió el hielo:
—Eri, has cambiado mucho. ¿Qué te pasó? ¿Te alejaste de mí y sin tu prestigioso título familiar caíste tan bajo?
A Erika le hirvió la sangre al escuchar la evidente burla y provocación en el tono de sus palabras.
Pero recordando su estado de embarazo, intentó por todos los medios controlar su coraje.
—Valerio, desde aquella vez en el hospital que mandaste gente a deshacerse de mi embarazo a la fuerza, dejaste de tener cualquier valor humano ante mis ojos, ¿lo entiendes? Y ni creas que me va a lastimar cualquier humillación que salga de tu boca.

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