En la villa de las afueras.
Tania Quiroz y Lorena Jiménez esperaron y esperaron, pero Camilo Ríos no regresaba.
Tania caminaba de un lado a otro por la sala, con el ceño fruncido y los ojos llenos de ansiedad.
—¡¿Qué vamos a hacer?! —exclamó, incapaz de contenerse—. Llevamos una eternidad esperando y todavía no aparece. ¿Crees que algo salió mal en la licitación? Su teléfono tampoco da señal. Lo he llamado un montón de veces y nada.
Lorena estaba sentada en el sofá, también con cara de duda. Fruncía sus cejas delicadas, con la vista clavada en el suelo, inmersa en sus pensamientos.
—A mí también me parece muy extraño —murmuró.
Incluso si todo hubiera sido una trampa de Valerio, no había motivo para que su celular estuviera apagado.
Afuera de la villa, el cielo empezó a oscurecerse, y el manto de la noche cubrió el paisaje.
El viento soplaba a través de los árboles, provocando un crujido que añadía un aura lúgubre al ambiente.
El estado de ánimo de Tania se volvió tan sombrío y pesado como la misma noche.
No es que le preocupara Camilo como persona; lo que realmente le aterraba era su propia situación.
Si la licitación fracasaba, significaba que Camilo había fracasado, y las esperanzas de Tania se harían humo.
A Lorena, en cambio, le daba exactamente igual. Era muy probable que Valerio ya hubiera puesto a Camilo bajo control.
Ella... precisamente estaba esperando que Camilo perdiera esa licitación.
En ese instante, el silencio de la casa se rompió por el sonido repentino de un celular.
A Tania se le encogió el corazón. Miró instintivamente la pantalla del teléfono: ¡no era Camilo, era Valerio Ramírez quien llamaba!
Tania le lanzó una mirada llena de desconfianza a Lorena, corrió escaleras arriba para contestar y respondió con un tono meloso:
—Valerio, qué sorpresa que me llames a esta hora.
Al otro lado de la línea, la voz de Valerio sonó tan fría que era imposible descifrar qué pensaba:

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