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La Princesa romance Capítulo 197

Hace dos años, los papás de David sufrieron un accidente de carro mientras se mudaban. El señor Lobos falleció en el acto y la señora Ríos quedó en estado vegetal, sin despertar hasta la fecha. David, para mantener a flote el Grupo Lobos durante esa tormenta, tuvo que dejar la escuela un año. Aunque después logró estabilizar la empresa y regresó a clases, solo venía para los exámenes importantes. Por eso no estaba en el salón, sino sentado en la zona de inversionistas.

Ismael contó todo esto como si hablara del clima, sin darle vueltas ni dramatizar, pero él sabía mejor que nadie cuánto le había costado a David llegar hasta ahí. Lo había visto crecer, lo veía casi como un hermano, así que nadie entendía mejor el esfuerzo que había hecho David.

Además, todos conocían esa historia; no era ningún secreto. Como Gustavo fue quien sacó el tema, Ismael no dudó en aclararles las dudas, pensando que era mejor eso a que se les ocurriera preguntarle a Vanesa y acabaran metiendo la pata.

—Pero les doy un consejo: jamás mencionen a los papás de David delante de Vanesa. Es más, hagan como si ni supieran quién es David —advirtió Ismael, esta vez con seriedad.

A diferencia de cómo trataba a Estrella, él sí quería a David y a Vanesa como si fueran sus propios hermanos. Sabía lo mucho que significaba para Vanesa haberse liberado de la familia Montemayor, encontrar su libertad y estar al fin con gente que la quería de verdad. Por eso, como buen hermano mayor, se sentía feliz por ella. Y como sabía que Vanesa no tenía problemas con los Balderas, no le costó nada darles ese aviso.

Si hubiera sido otra persona, ni tiempo perdía en explicaciones. Si le hacían caso o no, eso ya no era asunto suyo.

Alfonso y Santiago se miraron, apretaron los labios y, aunque no dijeron nada, se quedaron con las palabras de Ismael bien grabadas.

...

En la cancha, tras recibir las medallas, las tres bajaron del escenario.

—Tres años y nada que ganamos el primer lugar en la competencia de la escuela —se lamentó la rival, soltando una risa resignada, aunque en el fondo se notaba la admiración.

Ella era deportista de alto nivel, y aunque el primer año se resistía a aceptar la derrota, después de perder tres años seguidos contra la misma persona —y para colmo, una que ni entrenamiento profesional tenía—, ya no le quedaba otra que reconocerlo.

—¿Ya viste a nuestro delegado deportivo? —preguntó Vanesa, señalando con el dedo.

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