—Por supuesto, que usted me haya ayudado hasta este punto ya es algo que le agradezco muchísimo —dijo Esmeralda, dejando ver una emoción poco usual en ella.
Apretó la tarjeta de presentación que tenía en la mano como si fuera su última tabla de salvación.
Por dentro, no dejaba de sentirse afortunada por haber entrado a esta empresa, y aún más por haberse esforzado tanto como para aprovechar la oportunidad que Vanesa le dio y escalar hasta donde estaba ahora.
Si no hubiera sido por Vanesa, con su sueldo de tres mil pesos al mes jamás habría podido costear el tratamiento de su mamá.
—Bueno, si ya no tienes más trabajo, puedes recoger tus cosas y prepararte para salir de vacaciones. Que tengas una feliz Navidad.
—Igualmente, que pase una linda Navidad —respondió Esmeralda. Aunque Vanesa era ocho años menor que ella, sentía un respeto genuino hacia esa joven.
Al firmar el último documento, por fin pudo ponerle un punto y aparte al ajetreo de todo el año. Vanesa se estiró, agarró sus cosas y salió del edificio. Abajo, David ya la estaba esperando.
—Te veo cansada —dijo David, abrazándola y revolviéndole el cabello antes de pasarle el café que llevaba en la mano.
—¿Ya terminaste todo con Grupo Lobos? —Vanesa tomó el vaso, dio un sorbo. Seguía caliente, pero no empalagoso.
Bastó con mirarlo para darse cuenta de que David había pedido el café con poca azúcar, justo como a ella le gustaba.
—Sí, ayer nos dieron vacaciones. Hoy solo fui con Carlos a cerrar unos pendientes. ¿Tú ya acabaste por acá?
David le acomodó la bufanda y abrió la puerta del carro para que subiera.
—Ya terminé —contestó Vanesa, abrochándose el cinturón.
—Por cierto, mi mamá quiere que vayas a comer con nosotros por Año Nuevo. Yo pensaba que primero podríamos almorzar en casa los dos solos y en la noche ir a felicitar a Valentín, ¿qué opinas?
—…Me parece bien, así lo hacemos como dices —David se quedó unos segundos callado, pero luego volvió a su actitud de siempre.

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