Para Jacinta, las palabras de Vanesa en ese momento no podían ser otra cosa que una condena directa al infierno.
Y para colmo, justo cuando Vanesa terminó de hablar, el sonido de una sirena de patrulla retumbó cerca de allí.
Jacinta intentó huir por puro instinto, pero Vanesa ya lo había previsto. Con rapidez, la sujetó sin darle oportunidad de escapar.
Ambas forcejearon a través de los barrotes. Vanesa tenía una fuerza impresionante; ni siquiera en los mejores días de Jacinta habría podido zafarse, mucho menos ahora que su cuerpo estaba tan desgastado.
Cuando los policías se llevaron a Jacinta, Vanesa la miró en silencio. Abrió la reja y observó cómo Jacinta gritaba y maldecía sin ningún pudor, tanto que hasta los dos policías que la sostenían se veían incómodos y terminaron por arrastrarla al carro con más decisión.
Por su parte, Vanesa no cambió de expresión ni un segundo. La sonrisa que se dibujaba en su rostro, vista por Jacinta, no era más que una burla descarada.
—¡Todo lo tuyo debería ser mío! ¡La ladrona eres tú! ¡La familia Montemayor es mía, la familia Balderas también, todo es mío! —gritó Jacinta con rabia, sin importarle que todos la escucharan.
—Entonces deberías apurarte y llamar a Esteban Montemayor y a Alfonso. Claro, sólo si logras contactarlos. Nos vemos, disfruta tu celda para ti sola, señorita —replicó Vanesa, moviendo la mano en señal de despedida. Su tono era tan ligero y juguetón que hasta parecía inocente, pero eso solo hizo que Jacinta la odiara todavía más, deseando poder lanzarse sobre ella y arrancarle la piel.
El carro de policía desapareció poco a poco, solo quedando el eco de la sirena en el aire.
Cuando la escena terminó, Vanesa alzó las cejas: estaba claro que las palabras de Jacinta no le afectaban en lo más mínimo. Entró a la casa justo cuando Irma colgaba una llamada.
—¿Estás bien, Vane? —Irma la miró de arriba abajo, notando si le faltaba algo.
—¿No te interesa saber si Jacinta está bien?
—Después de tantas cosas que han pasado, si yo siguiera haciéndome la ingenua, mejor agarro mis cosas y me voy de aquí —Irma ya no sentía ni un poco de compasión por Jacinta.

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