—Camila, ¿qué pasa?
Camila casi nunca le llamaba; la mayoría de las veces solo le mandaba mensajes, así que Vanesa pensó que quizás había ocurrido algo.
—¡Vanesa, yo también estoy aquí! —gritó Elías, mientras le acariciaba el lomo a Trueno.
A Vanesa ya no le sorprendía ver a Elías en la casa de los Balderas. Ahora pasaba más tiempo ahí que en la casa de los Montemayor.
—Hermana, ¿no vas a venir este fin de semana?
La voz de Camila sonaba tan suave que cualquiera bajaría la voz al escucharla. No era como Elías, que cada vez que hablaba parecía que le debían dinero, con ese tono tan presumido que daban ganas de darle un zape.
—¿Por qué? —preguntó Vanesa. La semana pasada había ido a casa y hasta les llevó a sus roomies unos pastelitos que hizo Irma.
—Te extraño —dijo Camila, sin pena. Quizás por convivir tanto con esos dos niños tan desinhibidos, ahora Camila ya decía lo que sentía sin rodeos.
—Pero este fin de semana no podré ir. ¿Qué te parece si la próxima semana te acompaño al museo de arte?
—Bueno —respondió Camila, algo desanimada, aunque la idea de ir al museo con Vanesa la animó un poco.
—¡Yo también quiero ir! —exclamó Elías.
—Pero si ni te gusta, ¿no te vas a aburrir?
—¡Quiero ir! —Elías se acercó más a Camila, jalándole la mano con el reloj, como si así pudiera dejar más claro su berrinche y su deseo.
—Está bien, pero solo si esta semana tu maestra no me llama para quejarse de ti —advirtió Vanesa. Elías había puesto el número de Vanesa como contacto de emergencia, así que casi cada tres días recibía una llamada de la maestra para reportarlo.
Elías torció la boca, pero no contestó.
—¿Algo más? —preguntó Vanesa, viendo cómo David venía con las botanas.
Las palabras de Vanesa cayeron como una bocanada de aire fresco, y los dos niños dibujaron sonrisas de inmediato.
—La competencia empieza a las nueve. Llega media hora antes, así te damos un tour por la escuela —propuso Camila.
—Ese día vamos a competir contra otras escuelas, y yo me inscribí para la carrera. ¡Vas a ver cómo les gano a todos! —aventó Elías, tan fanfarrón como siempre, pero sin caer mal.
Vanesa soltó una risa ligera.
—Perfecto, si ganas, los llevo a pasear al acuario.
—¡Sí! —gritaron los dos al mismo tiempo.
Solo eran dos clases. Para Vanesa, nada era más importante que darles ánimos a sus hermanitos en su primera competencia deportiva.
No quería que ellos tuvieran los mismos vacíos que arrastraba desde su infancia. Ella quería llenarles de recuerdos alegres el corazón.

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