—Buenas tardes, profes, ¿cómo están? ¿El camino estuvo pesado, verdad?
—Dejen sus mochilas de una vez y vayan preparándose para la comida.
—Todo lo que hay en la mesa es de la huerta, bien sano, sin nada raro.
—Sí, sí, y la carne la compraron mi esposo y los del comité bien temprano en el mercado del pueblo. Está bien fresca.
—Seguro ya tienen hambre, ¿verdad? Pues no sabíamos bien qué les gusta ni si hay algo que no coman, así que preparamos un poco de todo.
Los habitantes del pueblo los rodearon, todos hablando al mismo tiempo, con una calidez que parecía querer abrazarlos como olas. El grupo de visitantes, abrumado por tanta atención, solo atinó a mover las manos y a responder con frases de cortesía.
—No, para nada, nosotros comemos de todo, no se preocupen.
—Gracias de verdad, perdón por venir a molestar tantos días.
—Comida natural así ni en la ciudad se consigue.
Vanesa, como si ya lo hubiera previsto, se apartó desde el principio, quedándose al final del grupo, lejos del bullicio.
Clara levantó la mirada hacia Vanesa.
—¿Señora Balderas, por qué no se acerca?
—Cada quien tiene su forma de ser, —explicó Vanesa con calma—. Por ejemplo, el maestro Borrego, él disfruta platicar con todos. Pero yo prefiero los lugares tranquilos, aquí me siento más a gusto.

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