Clara terminó de lavarse la cara y los dientes. Tenía pensado ir a desearle las buenas noches a Vanesa, pero al mirar hacia la sala, alcanzó a ver que Vanesa estaba afuera, en el patio, hablando por teléfono.
No es que a Vanesa le gustara ser comida por los mosquitos, sino que dentro de la casa casi no había señal, así que no le quedaba de otra más que salir. Aun así, la llamada iba entrecortada, congelándose la imagen cada tanto.
—Seguro estás agotada, ¿no?
La voz de David hizo que Vanesa, aunque fuera sólo un poco, soltara la tensión que sentía.
—Un poco, sí. Las cosas no son del todo como me las imaginaba. Pero la verdad es que la gente aquí es muy cálida. Me estoy quedando en la casa de una estudiante; vive con su abuelita. Es una niña adorable, nada que ver con los chicos, sí que son distintos.
Vanesa, a pesar del cansancio, no contestó de manera superficial. Al contrario, le platicó a David con detalle cómo había sido su día y lo que sentía.
David soltó una risita.
—Si Elías y Camila te escuchan, seguro se ponen celosos.
—Justo acabo de mandarles mensaje. Los dos andan juntos otra vez y ya estaban armando su escándalo, que querían venir para acá. Al final, mamá los regañó.
—Camila ya se ve mucho más animada. No es la misma de cuando la conocimos.
David estaba sentado en su oficina. Todo el edificio se encontraba a oscuras, salvo por la luz que salía de su cubículo.
No podía evitarlo: cuando su novia no estaba, ni el sueño lo visitaba. Así que sólo le quedaba refugiarse en el trabajo para distraerse.
Por supuesto, eso no pensaba decírselo a Vanesa.
—Sí, tienes razón. Por cierto, ¿mi novio se ha portado bien hoy? Y ni se te ocurra decirme que sigues en la oficina.
Aunque su voz sonaba suave y hasta cariñosa, David sintió un escalofrío en la espalda y, casi en automático, se enderezó en la silla.
—No podía dormir, así que quería adelantar algunos pendientes. Ya casi termino, en un ratito me voy.
No se atrevió a mentirle.
Vanesa soltó un suspiro.
—Hasta los niños son más aplicados que tú, David.
—Sí, maestra Balderas, acepto mi castigo.
Vanesa negó con la cabeza, entre resignada y divertida.
—Vane, apenas es el primer día... —David sonaba tan apachurrado que parecía que se le iba a salir el corazón por la voz.
Vanesa, con los auriculares puestos, sintió un cosquilleo en los oídos.
Su expresión se suavizó, bajó la mirada.
—Sí, apenas es el primer día...

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