Las palabras de Aurelio hicieron que Vanesa y Federico, quienes aún estaban emocionados, bajaran la guardia de inmediato. Vanesa entendió perfectamente lo que Aurelio insinuaba: quería saber si el local que acababa de adquirir lo había comprado usando dinero de la familia Montemayor.
Ella esbozó una media sonrisa. Así como a menudo lograba sorprender a los Balderas, ellos también solían dejarla sin palabras con sus reacciones.
—Tranquilo, esto lo compré con lo que gané invirtiendo por mi cuenta. No tomé ni un solo peso de los Montemayor —pensó para sí que, si acaso, lo único que había usado era el apoyo de David.
Aunque Vanesa respondió con sinceridad, Aurelio no mostró ninguna señal de alivio ni alegría.
—Una cosa no quita la otra, Vane. El tema de la renta hay que dejarlo bien claro. Vamos a firmar un contrato y consideremos que te lo estamos rentando. Pagamos el alquiler según el precio de mercado, ¿te parece?
—En vez de cobrar renta, tengo una propuesta todavía mejor —Vanesa le guiñó un ojo con picardía.
Tres pares de ojos se clavaron en ella, esperando atentos lo que seguiría.
—El local se los puedo rentar gratis...
—Eso no se puede —Irma interrumpió de inmediato, tajante. Vanesa no perdió la calma; al contrario, le dio unas palmaditas en el dorso de la mano, como diciéndole que no se preocupara.
—No sólo no les cobraría el alquiler, también me encargaría de todos los gastos de remodelación. Eso sí, el agua y la luz corren por cuenta de ustedes.
—¿Y entonces, cuál es tu condición? —Aurelio y Federico la miraban como si estuvieran en la mesa de negociaciones.
—Yo pongo la inversión y nos repartimos las ganancias: sesenta por ciento para ustedes, cuarenta para mí.
—¿Y si terminamos perdiendo?
—El lugar está bien ubicado y, si la comida sabe rico, no hay manera de que esto fracase —respondió Vanesa, irradiando una seguridad contagiosa.
—Entonces, mejor afinamos los detalles. Que tu hermano mayor prepare el contrato, o si tienes algún abogado de confianza, avísanos. Aunque seamos familia, las cuentas claras conservan la amistad. Aquí, todo por escrito, nada de malentendidos.
Vanesa asintió.
—Que se encargue mi hermano, está bien.


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